viernes 22 de mayo de 2009

Con D de duelo, dolor y desesperanza...

Benjamin Lacomte

Estaba ahí, día tras día, y sin saber cómo me descubrí buscándole e inventando excusas para acercarme a él. Lo hice con sigilo, de soslayo, como ese aire que te da en la cara al abrir una ventana o esa mano que te roza levemente y te hace girar cuando caminas por la calle distraído. No le conocía pero tenía la certeza de que él se había percatado de mi existencia. Ahora me preguntaba si tendría el valor de acercarme, y en cierta medida, temía su reacción. Era como un folio en blanco para mí. Una incógnita. Un signo de interrogación. Mi discurso fue escueto: unas cuantas frases preguntándole por algo que sabía que él controlaba. Parpadeé un par de veces con maneras de rubia tonta y esperé. Su respuesta fue inmediata. No me extrañó que se mostrara tan solícito; al final, a todos nos gusta lucirnos cuando el que tenemos delante se muestra como un ignorante frente a un tema que conocemos. Lo que me fascinó fue su estilo, cercano y amable, y su contundente contestación ante mis disculpas por acercarme a él sin conocerle: “Agradezco tu intromisión, ya pensaba que nunca lo harías”. Me explicó detalladamente el procedimiento a seguir para lograr mi objetivo y me deseó suerte. No tardó en buscarme para conocer mis progresos. A pesar de mis limitaciones, lo había intentado y él lo sabía, así es que lo primero que hizo fue felicitarme. Le miré con la cabeza ladeada y los ojos entornados y quise saber en qué momento había surgido esa relación. ¿Nació el día el que el uno supo de la existencia del otro o no germinó hasta el momento en el que me comuniqué de manera directa con él? Llegué a la conclusión de que para cuando hablamos por primera vez el suelo ya no se movía bajo nuestros pies. Construíamos sobre algo tan etéreo como tangible, sin prisa pero sin pausa. Subimos una pendiente de 45º sin darnos cuenta cómo; un día estábamos a ras del suelo y cuando quise abrir los ojos y mirar más allá de él la altura era de vértigo. De pronto me di cuenta de que me faltaba el aire si no le sentía cerca, aunque lo cierto es que, estuviera a dos centímetros o a 500 kilómetros, nunca me faltó. Ni siquiera necesitaba buscarle; antes de que yo me moviera él ya había avanzado ese paso que necesitaba para apoyarme sobre algo sólido y no caer en el vacío. Recuerdo aquellos días en los que veía mi cuerpo moverse y actuar sin ninguna voluntad por mi parte; como el espectador que ve una obra de manera pasiva sentado sobre su silla. Recuerdo encontrarme rodeada de gente haciendo aquellas cosas que siempre hice mientras mis gritos luchaban por salir y mi Alma corría por entre las baldosas totalmente licuada. Salía a la calle, me apoyaba contra una pared y lloraba amargamente temiendo perder el sentido. Me encontraba con él en un estado tal que el siguiente paso habría sido verme tumbada en una cama de hospital sintiendo el diazepan y la falsa tranquilidad corriendo por mis venas y devolviéndome al mundo de los vivos. Pero no teníamos más que intercambiar unas cuantas palabras para recuperar la homeostasis física y emocional perdida durante el día, poco a poco, con esa calma que le caracterizaba. Si fuera consciente de su poder y de su positiva influencia sobre mí, sin duda podría morir tranquilo. La mayoría de las vidas que se salvan es gracias a la intervención directa sobre el cuerpo (evitó que se ahogara, le operaron, se abalanzó sobre él justo cuando pasaba el coche, etc.) pero también hay vidas que han de agradecer su supervivencia al apoyo emocional que otro nos proporcionan. Por ello le doy las gracias. Pero los sentimientos contaminan las relaciones, las vuelven vulnerables y las ponen en peligro. Nos volcamos tanto en el otro que no podemos evitar sentir miedo ante la posibilidad de no ¿ser o sentirnos? correspondidos. Y en ese momento la comunicación empieza a fallar. Los fantasmas nos ahogan y ni siquiera escuchamos; tenemos al otro delante, cogiéndonos la mano, mirándonos con una ternura y un amor que sería suficiente para dar sentido a toda una vida... Y sin embargo no le vemos. El muro de la incertidumbre y la desesperación nos aísla. Y ya nada de lo que hacemos o decimos tiene ningún valor... porque la realidad no existe, sólo existe la interpretación que cada uno hagamos de ella, y en ese tamiz se pierden maravillosas relaciones que están ahí pero nos negamos a ver. Como felinos enjaulados damos zarpazos sin saber muy bien cual es el objetivo, y terminamos dañando y haciendo sangrar a chorros a quien se ha convertido en una prolongación de nuestro cuerpo.

La pena, las dudas, el dolor, la desazón y la desesperación aparecen con más fuerza que nunca. Se hacen un hueco que lo llena todo. Porque si bien antes eran irrealidades, de pronto se tornan la única realidad. Y nos damos cuenta de que ese suelo que ahora pisamos es por el que tendremos que continuar nuestro camino. Bandeándonos, cayendo al no encontrar ese apoyo que se volvió imprescindible, levantándonos con la certidumbre de que volveremos a caer... Y estaremos solos. En la más profunda y absoluta soledad.

Me dio tantas cosas que no seré capaz de enumerarlas hasta que el tiempo haya pasado y los recuerdos vayan asentándose. La memoria es selectiva y sé que con el tiempo sentirle le ganará la baza a pensarle... y el poso que dejará su presencia siempre será una luz.

domingo 3 de mayo de 2009

Mandato

Ray Caesar

Hazlo y hazlo ya. Camina sigilosa, si puedes de puntillas, y comprueba que ni te miras ni te estás siguiendo. Abre la puerta empujando previamente un poco hacia ti. Demasiado tiempo cerrada. Sólo así conseguirás desencajarla. Empuja con fuerza pero no olvides ser muy silenciosa. Déjala entornada, o mejor coloca uno de tus zapatos atravesado de manera que no pueda cerrarse; volverás corriendo y es necesario que te resulte fácil encontrar la salida. No te asustes por lo que veas, no haberlo visto antes no significa que no haya estado ahí y así desde hace tiempo. Cierra los ojos de vez en cuando si te resulta insoportable y continúa tu camino tanteando a tu alrededor: el miedo a la oscuridad, antes o después, será mayor que tu parálisis. Oirás dos latidos: no te asustes, suele ocurrir, tú sabes que es uno con unos segundos de retardo. Las paredes amortiguarán tus golpes cuando ya te encuentres cerca. Gatea si el vaivén te hace perder el equilibrio; vas descalza y tus pies te ayudarán a propulsarte. Asegúrate de vez en cuando que conservas tus herramientas. Toca tu mochila cuantas veces necesites; no puedes llegar al final sin ellas. Tu fuerza será mínima y no lo conseguirás sólo con tus manos, no querrás, te serviría de excusa. Cuando pases por tus recuerdos ya tienes que haberte aislado y bloqueado todos tus sentidos. En los simulacros lo hiciste bien y sé que sabrás hacerlo, pero recuerda: la señal es el líquido viscoso que te envolverá. No des un paso más sin protegerte o ese punto será el final. El bamboleo aumentará y sentirás debilidad: sigue sin mirar atrás. No esperes un cordón perfecto o una unión limpia. Será como un cáncer, con hilos enrevesados, cruzados, pegados entre sí y adheridos a cualquier lugar. Sangre, mucha sangre, y oscuridad, y desesperación. Te llevará tiempo, sí, pero ganarás cada minuto a partir de tu vuelta. Llora, moquea, jadea, grita si lo consideras necesario; una vez en esa cámara profunda nadie excepto tú podrá oírte. Bienvenida a tu averno. No te confundas de lugar. Pasarás por sitios similares pero sabrás que no es el “lugar” porque sonreirás o caminarás más despacio cuando pases junto a ellos. Sus puertas estarán selladas y no son ya peligrosas. Este lugar esta vivo, lleno de olores y sabores que te doblarán de dolor, que te harán dudar, que te licuarán. No desfallezcas. Trabaja como un labriego: corta, limpia, arranca, quítate el sudor y sigue sin descansar. Que no quede nada. Mátalo todo. Seca raíces y brotes (no olvides los brotes, por favor). La sala ha de quedar desierta, limpia, renovada, sin nada a lo que aferrarte. Nada. O revivirá. Tu vida por su vida.

jueves 16 de abril de 2009

Ganador-Verdugo II

Aeropuerto de Sevilla

Ese día se levantó especialmente pronto y tardó en salir del baño más de lo habitual. Olía a limpio. Se peinó varias veces antes de salir e incluso repasó con la plancha las pequeñas arrugas que el armario había marcado en esa camisa azul cielo que yo misma planché con mimo la noche anterior. No suelo planchar yo, pero de vez en cuando dejo que el vapor me devuelva ese olor tan suyo que impregna toda su ropa aun después de lavada. No quiso desayunar porque tenía que pasar por la oficina para recoger unos papeles antes de coger el vuelo a Sevilla, y me dijo que no quería hacer de pronto tarde: se tomaría un café ya en el aeropuerto. Le había preparado tostadas untadas con salmorejo; a estas alturas ya sabrás que siempre acompaña su café matinal con algo salado. Estaba nervioso, tenía prisa y me cogió la cara con ambas manos cuando me besó; un beso de esos sonoros y largos que sólo se dan cuando uno se levanta con humor festivo. Me lamenté por no poder acompañarle desde el jueves; bien podía haber cogido un par de días de vacaciones y haber viajado con él. Pero condescendiente me dijo que era mejor así, poder disfrutar a solas y desde el primer minuto de nuestro viaje sin tener que depender de un cliente pesado que querría enseñarle su ciudad de día y de noche. Tenía planes de llevarle de copas mientras seguían hablando de trabajo. “Verás que bien lo pasamos, cielo”- me dijo mientras me besaba cariñosamente en la frente. “Llevo planificando este viaje, tu viaje, meses. ¿Qué son un par de días más? Te iré llamando para contarte lo aburrido que estoy y que así termines de convencerte de que es mejor así” Nico se le agarró a la pierna y él se agachó para darle un abrazo y decirle que me cuidara los días que iba a estar fuera. Nuestro hijo orgulloso asintió con la cabeza, y él salió por la puerta con ese traje azul marino que tan bien le sienta.

Me pregunté para qué tanta ropa, aunque sabía que si se lo hubiera preguntado lo habría justificado diciéndome que nunca se sabe el tiempo que puede hacer, que necesita sentirse cómodo vistiendo de manera adecuada para cada ocasión y que una mancha siempre aparece en el momento más inoportuno, así es que la pregunta nunca llegó a salir de mis labios. Estuve esperando toda la mañana y decidí llamarle cuando ya me preocupé al echar cálculos y comprobar que tenía que haber aterrizado hacía horas. No tenía cobertura. Volví a llamar y lo mismo, y quise creer que se habría retrasado el vuelo y mantenía el móvil apagado por estar todavía en el avión. Tardó escasos minutos en responderme, y cuando lo hizo, me generó desasosiego al contarme lo triste que resultaba dormir solo en otra ciudad y que contaba las horas que faltaban para que me reencontrara con él. Me habló del maravilloso y mágico hotel en el que podríamos disfrutar de un espléndido jacuzzi que había en una de las salas de la habitación. Tenía prisa por colgar, pero Nico insistía en que su papá le diera las buenas noches y le deseara felices sueños... y como perfecto padre que es hasta le contó un pequeño cuento. Me pidió que le llamara al hotel si necesitaba algo porque la cobertura no era muy buena, aunque eso sí, insistió en que lo hiciera sólo si era necesario porque había llegado cansado, saldría a cenar algo rápido y se acostaría relativamente temprano. Dormí en su lado de la cama esa noche, con Nico a mi lado.
Le llamé emocionada en cuanto supe que podría viajar antes de lo esperado, llamada a la que contestó sin demasiada efusividad y limitándose a contestar con monosílabos. Me sentí como una niña que llega saltando para enseñarle un globo a su madre y esta se lo pincha... ¿Por qué ese rato tan frío cuando había sido él quien me había preparado ese romántico viaje a Sevilla para celebrar juntos y sin niño mi cumpleaños? Me quedé triste y pensativa. Lo único que supe de él ese día me llegó vía sms: un par de escuetos mensajes en los que me recordaba lo mucho que me quería. Yo estaba nerviosa por el viaje y porque no paraba de pensar en lo que me tendría preparado. Ya sabes que es muy detallista.

Llegué con mucho tiempo al aeropuerto y tuve la suerte de poder embarcar en el vuelo anterior. Quise darle una sorpresa y no avisarle hasta que estuviera allí. Durante el trayecto pensaba en su actitud. Ya había hecho ese viaje con anterioridad para reunirse con el mismo cliente. ¿Por qué estaba esta vez tan ilusionado a pesar de que no consideró siquiera la posibilidad de que viajáramos juntos y así poder alargar un poco el fin de semana? Traté de apartar esos pensamientos de mi cabeza y salí por la puerta de embarque buscando mi teléfono para llamarle. En la habitación no había nadie, así es que le llamé al móvil: apagado o fuera de cobertura. Fui a buscar mi maleta y me dirigí a la salida. No sé por qué mire hacia allá, ni siquiera era una cafetería que estuviera en mi camino. Me volví y os vi. Estabais sentados el uno junto al otro. Él había movido su silla de manera que podía tenerte cerca al haberla situado en ángulo con la tuya. Estaba allí parada, en mitad del aeropuerto, temblando y con una maleta en la mano que de pronto me pesó demasiado. Os reíais, os besabais y tú cogiste su mano con disimulo y la llevaste hasta tu pierna desnuda. Recuerdo tu vestido blanco y tus sandalias de tacones interminables. Tenías la piel bronceada y te brillaban los ojos tanto como los labios. Te los mordisqueabas nerviosa a la vez que le mirabas y reías. Estabais ajenos a todo cuanto os rodeaba, como en una burbuja que habría querido reventar con un dardo envenenado atravesándoos de lleno a los dos. Me miré. Vestía ropa cómoda y zapatos planos y quise dar marcha atrás en el tiempo y vestirme para él... como habías hecho tú. Os levantasteis sin dejar de miraros, sin daros la mano pero permitiendo que vuestros dedos se rozaran, y os dirigisteis al control de acceso. No quise mirar más. Corrí llorando por el pasillo sin acordarme de la puerta por la que había salido. Él tenía que encontrarme allí, recién llegada, amorosa esposa, toda sonrisa y felicidad. Me lavé la cara en el baño y me senté a esperarle. Me recibió con un abrazo y no me permitió cargar la maleta -siempre tan caballeroso- Paseamos por la ciudad, hicimos turismo y cenamos en una terraza que bullía de gente. Me animó a tomar unos rebujitos -que no me gustaron nada, por cierto- y llegamos directos a la habitación sin necesitad de ese plano que nos dieron a la entrada. Le pregunté qué era y me dijo que nada: “información sobre el hotel” Se disculpó al llegar a la habitación diciéndome que el día había sido intenso y que el alcohol no le había sentado bien y se fue a dar una ducha. Y allí me quedé abrazada a la almohada, con el ruido de fondo de la ducha, martirizándome al pensar en ese jacuzzi y en la inmensa cama, en las horas de sexo por la noche y el excitante despertar por la mañana con la habitación bañada en luz... y quise liberarme de los atavismos religiosos que me impedían mantener sexo si no era en completa oscuridad, pero recordé tu estrecha cintura y tus perfectos pechos y me tapé con la sábana hasta la barbilla.

Volvimos del viaje y decidí escribir esta carta llena de pensamientos y sentimientos encontrados que quedará guardada para siempre en la última carpeta de mi ordenador, a salvo de miradas ajenas: de sus ojos o de los de Nicolás. Él aún no sabe leer, pero por si acaso protegeré la carpeta con contraseña.


Un saludo,
..................

domingo 5 de abril de 2009

Ganador-Verdugo I

"Las casas de la Judería" Sevilla.

Sonó el mensaje y me pilló arrodillada. Buscaba con prisas las sandalias de una tira que tanto le gustaban y que estaban guardadas yo qué sé donde. No las había sacado desde el pasado verano. Imaginé que sería alguna de sus provocaciones y me contuve para no lanzarme sobre el teléfono. Preferí no llegar tarde a deleitarme con uno de sus cuidados sms. Ya tendría tiempo de leerlo y releerlo de camino a nuestra cita. Me calcé, acomodé la blonda de mis medias de manera que nadie pudiera intuirlas bajo mi escueto vestido de seda y traspasé sin demasiado cuidado “mis imprescindibles”, del bolso que usaba a diario al que había elegido para la ocasión. Cogí las llaves, y mientras me dirigía a la puerta, abrí con una sonrisa pícara su mensaje: “Nico y su fiebre. La chica hoy libra y ella está muy nerviosa. Lo siento, princesa, mañana hablamos. ¿Sabes que te quiero, verdad?”

Me senté en la cama, dejé caer el bolso y clavé las uñas en una de mis medias. Tiré de ella y sentí la carrera llegar casi hasta el tobillo. Esta iba a ser nuestra primera cita en nuestra ciudad, fuera de las cuatros paredes, que si bien variaban, no dejaban de ser una pequeña cárcel que me ahogaba cada vez más. Nos íbamos a dar una nueva oportunidad después de algunos meses sin saber apenas el uno del otro. No sé por qué creí que esta vez sería distinto... nunca lo era. Después de unos minutos en estado catatónico, me dirigí a la cocina y terminé cenando sola ataviada con un vestido que no había llegado ni a estrenar.

Recordé la Terminal 1. Llegué sin atreverme a levantar la cabeza, con el corazón a 1000 y un billete en una de mis manos que no dejaba de temblar. Noté la vibración de mi móvil y mi nerviosismo al tratar de sacarlo del bolsillo: “En la fila de tu derecha, traje azul marino y corbata verde loro. Delante de la mujer de las maletas L. Vuitton” Alcé la vista sin mover la cabeza y le vi sonreír tratando de disimular. Le observé con miradas fugaces todo el tiempo que tardó en llegar hasta el mostrador. Conozco sus gestos en distancias tan cortas que algunas de sus maneras me resultaban novedosas. Levantó su maleta de fin de semana del suelo y se alejó, no sin antes pasar cerca de mí y provocar un roce casual que me dejó sin respiración. A los pocos minutos volví a sentir la vibración: “Asiento 12E. Pide el asiento de al lado. Recemos porque aún no haya sido ocupado... Estás preciosa” Tuvieron que estar los motores en marcha para al fin respirar y poder apoyar mi cabeza sobre su hombro. Ya le conoces... hasta que no recorrió dos veces el pasillo comprobando que no conocía a nadie en el vuelo no quiso sentarse.

El hotel era una suerte de corrala: complicados pasillos, patios andaluces y habitaciones a distinta altura con geranios en las ventanas. Siguiendo el plano que amablemente nos habían facilitado en recepción, subimos y bajamos, pasamos por patios con fuente y sin ella, recorrimos angostos pasillos decorados con estuco, y más de una vez nos equivocamos en nuestra trayectoria y nos vimos parados frente a lugares por los que ya creíamos haber pasado. La ansiedad nos consumía y nos comíamos a besos en cada rincón. Entramos en la habitación transidos de placer. Miró su teléfono con disimulo y su cuerpo se paralizó. No había cobertura y tú estabas a punto de hacer la primera llamada. Se movió nervioso por la habitación, acercó el móvil a la ventana, entró en el baño, salió, abrió la puerta contigua, pasó al jacuzzi y a los pocos segundos saltó un mensaje. Le oí marcar tu número y después pequeñas frases que se me escapaban... aunque noté el cambio en el tono de su voz mientras daba las buenas noches a Nico y escuché perfectamente un “te quiero, duerme bien” mientras abría la puerta de la habitación segundos antes de colgar. Y allí le esperaba yo tragándome las lágrimas mientras trataba de recibirle con la más pícara de mis sonrisas...

Pasamos una noche inolvidable, y la mañana siguiente no lo fue menos. Y no porque ese ansiado día fuera algo para recordar... Llamaste muy pronto por la mañana y te contestó a escasos centímetros de mí, aún medio dormido. Me extrañó que alguien llamara al teléfono del hotel y agucé el oído. Te escuché melosa preguntándole qué tal había dormido y después el resto de la fatal conversación: “Me puedo escapar antes. Llegaré al mediodía. ¿Te alegras, amor? Creíamos que tendría que coger el avión de las 21:00 pero lo he arreglado para irme por la mañana. ¿Cómo desperdiciar tiempo de este romántico viaje (¡sin niño!, jajajaja) que mi querido marido me ha preparado por mi cumpleaños? ¿Me irás a buscar al aeropuerto? Ya sabes que no me gusta andar sola por ciudades que no conozco... ¿sí, amor? Te espero allí, verás que bien lo vamos a pasar...” Él contestaba con frases cortas y monosílabos. Colgó, me besó y me preguntó qué quería desayunar. Hablamos de los rebujitos que habían acompañado nuestra cena la noche anterior y de sus estragos en nuestro cuerpo; de la maravillosa habitación, del hotel y de lo bien que lo habíamos pasado. Esperó hasta que terminamos para decirme que se le habían torcido las cosas y la reunión con su cliente se había adelantado. “¿Fue él quién te llamó?”- le pregunté. “Su secretaria” –me dijo. “Debe de querer irse pronto a casa hoy y le ha buscado billete por la mañana” “Ya”- pensé. “Te crees que soy boba y me voy a creer que una secretaria llama a una habitación de hotel a estas horas de la mañana” Pero no dije nada.

Estaba nervioso y recogía con prisas. Yo le miraba impasible desde el sillón, con la mirada un poco perdida y una mezcla de rabia y tristeza que me paralizaba. Le dije que no hacía falta que me acompañara al aeropuerto, pero él, siempre tan atento, insistió. No había vuelos inminentes así es que tuve que esperar unas 4 horas para poder regresar. Por supuesto se inventó mil excusas para que no le esperara y regresara con él. No llegué a pasar el control de acceso. Se fue antes de que llegara mi turno para pasar el detector y aproveché para salir. Te vi en el aeropuerto. Os vi. Y fue en ese momento cuando decidí escribir esta carta. ¿Qué por qué la escribo? Bueno, trataré de releerla de vez en cuando, en esos momentos en los que flaqueo e ilusionada y alimentada por el paso del tiempo y los recuerdos vuelvo a creer que es posible, que no me dolerá, que lo asumo y es un peso con el que puedo cargar... Porque no quiero ser tú pero tampoco quiero ser yo, víctimas ambas de un solo ganador-verdugo. Quiero un amor sólo para mí, sin encantadoras esposas engañadas de por medio.

Ah, y tranquila, ni tú, ni Nico, ni él llegaréis nunca a saber nada de esto.


Un saludo,

La otra.

martes 31 de marzo de 2009

Boicot en primera persona

John Williams Waterhouse. 1903

Quiso abrazarse a la luna. Estiró los brazos, cerró los ojos y sintió como sus dedos se colaron en los cráteres. Percibió calor y después nada. La luna se apagó. Se puso en off. Y como un globo que pierde aire se fue desinflando con cada carcajada. Tuvo que salir a tientas de allí. Indignada y viendo como el hermoso astro le había negado hasta su luz...

Confió en los pájaros. Los buscó al amanecer. Pero por más que trataba de dejar de escuchar el zumbido del silencio no lo consiguió. Zumm, zumm, zumm. Se habían aliado para enmudecer en su presencia. ¡Malditos sacos de piojos!

Quizá el mar... Se descalzó y miró al horizonte buscando los azules, verdes y esmeraldas y esperando que las olas le acariciaran los pies. Esperaba la brisa, el arrullo y el balanceo, y se encontró una masa de agua homogénea y como un plato. Ni una ola, ni siquiera espuma. Quiso ser Aretusa para poder convertirse en fuente. ¿Y su Alfeo? Ni rastro.

Tragó mariposas que se le indigestaron. No lograron sobrevivir. Forzar las cosas es lo que tiene: acelera su muerte. Y vomitó lágrimas entre alas de desesperanza.

Regresó a casa, sacó el frasco de endorfinas y oxitocina que guardaba en la nevera, y como si del ungüento de Perséfone se tratara, lo inhaló y lo pasó por su rostro hasta caer en el más profundo de los sueños. No quería preguntarse nada. Le bastaba con la imagen reflejada en el cristal... O eso creía ella.

sábado 14 de marzo de 2009

Francis Bacon

(...) Nacer, copular y morir.
Eso es todo, eso es todo, eso es todo,
Nacer, copular y morir.
"Fragmento de un Agón" (1927) T. S. Eliot.

Si tuviera que quedarme con una imagen que representara el miedo, una imagen espeluznante, sin duda sería el grito del alma queriendo salir del cuerpo. Las almas atormentadas se deforman aún más tratando de escapar entre los barrotes.
Decía Francis Bacon que no hay que pintar a las personas como son sino como las vemos, y cuando uno mira sus cuadros no puede más que estremecerse ante la visión de un hombre animalizado por la ausencia de religión. La carga del inconsciente es tan pesada que da náuseas. Te sientes desnudo, con esa fragilidad y sensación de vulnerabilidad que provoca el saber que nada puedes esconder, que no contamos con nada, absolutamente nada tras lo que parapetarnos. El alma cenicienta de la soledad se torna azul y trajeado, convirtiéndose el ser humano en un cuerpo insignificante que lucha por no difuminarse y terminar desapareciendo entre las ondas del infinito y de la nada. El sexo como asesinato de la esencia humana. La autodestrucción como única salida. Se escucha chillar a la hiena mientras da vueltas en redondo tratando de escapar de la cárcel autoimpuesta del cuerpo sobre el alma. Los rojos te empujan y las figuras geométricas te ahogan hasta necesitar tirar de esa parte de ti que temes dejar en el cuadro. A veces un simple pedazo de carne...

Francis Bacon en su estudio.

viernes 6 de marzo de 2009

6 de marzo vs 13 de diciembre, y tú con tu abrigo rojo


A veces me sorprendes. Creo conocerte pero nunca llego a entenderte. Trato de asomarme a ese complicado mundo, tu mundo... bucear en él... Pero igual da. A pesar de los esfuerzos siempre termino flotando.

Hora punta. Caras de disconformidad, preocupación, tedio, sueño... Y tú con tu abrigo rojo, mirada al frente y pequeños pasos que no pasan desapercibidos. Respiras hondo tratando de controlar la marea de emociones que se adueñan de tu pecho. Paras en un semáforo, miras a tu alrededor y por un momento te das cuenta de que no estás sola, de que unas cuantas personas te rodean. Sales de tu ensimismamiento, explotan los sonidos a tu alrededor y piensas: “no sabemos nada los unos de los otros e imaginar de qué poco sirve: en el 90% de los casos nos equivocaríamos” Te veo mirar al cielo y tu expresión cambia. Hoy es un día complicado. Mucho. Pero a ti no se te ocurre otra cosa que pensar que es un día precioso para hacer lo que te dispones a hacer -frío y sol, la combinación perfecta- a pesar de que en unos minutos vas a cerrar un ciclo, tendrás que verle y será una fecha que nunca anotarás en un calendario pero que recordarás siempre... E inevitablemente enlazarás pensamientos y recordarás aquel 13 de diciembre en el que desde la ventanilla del coche sonreíste a aquella niña que, pegando la nariz al cristal y soñando con ser algún día también princesa, te saludó efusivamente mientras agarraba nerviosa la ropa de su madre. Pasarán los años, tu vida ya será otra vida, pero en algún momento a lo largo del día los recuerdos te asaltarán por sorpresa y recordarás que vuelve a ser 6 de marzo, como aquel soleado día...

Hoy el gozo pisa tu pena porque anoche se te encogió el alma. Tu hermana te llamó y la contestaste serena, en tu línea últimamente, pero al colgar las manos te temblaban tanto que tuviste que apoyarlas sobre tus rodillas. Porque sí, porque eres así, porque lo intentas pero hay situaciones que te superan, hay personas que son tan tuyas que no concibes que algún día puedan no estar a tu lado... Y es que el miedo es un cabrón y se encarga de recordártelo.

Y ahora te veo sentada en esa silla. Le coges la mano y se la besas tratando de evitar la incómoda vía. Apoyas tu cabeza sobre ella y todo lo demás deja de ser importante... Porque orgulloso lucía a tu lado aquella tarde de diciembre en que una niña soñó con ser tú algún día, y orgulloso te besó esta mañana cuando apareciste por esa puerta con la mejor de tus sonrisas, contenta a pesar de acabar de firmar una sentencia de vida que hace meses te pareció de muerte... Porque estás a su lado y eso es suficiente, además de que te hace reír como nadie con esas cosas que son tan suyas.


Imagen: fotograma de la película "La Lista de Schindler"