sábado, 21 de febrero de 2009

Mirar para ver

" Pasadizo subterráneo de Banco de España". Madrid.

Camina una brumosa mañana de sábado por el centro de su ciudad. Está cansada y le pesan los pasos. Ya vuelve a casa y va pensando que le gustaría poder teletransportarse y así ahorrarse la vuelta en metro. Está en una zona que bulle de extranjeros que tratan de aprovechar el día acudiendo a primera hora a las pinacotecas de visita obligada. Ha estado entre ellos. Pero no está de viaje y no necesita días de 30 horas. Sólo necesita volver a casa y descansar.

Entra en el metro. A esta estación se accede a través de una red de subterráneos que harían palidecer al más valiente. Se pregunta cómo es posible que bajo la fuente de Neptuno, el orín, la suciedad y la pobreza se mezclen con los miles de foráneos y habitantes de la ciudad que han de acceder a diario a uno de sus más afamados y veloces transportes públicos. Está sola y se arrepiente de no haber tirado en otra dirección. Pero ya ha entrado. Y el cansancio le puede.

Túnel largo. Mugre. Silencio. Desconcierto...

Como afluentes de un río, los pasillos van quedando a su derecha. Un, dos, tres, cuatro, cuenta... O quizá son tres... la vista no le alcanza más.

Silencio y el retumbar de sus pasos. Cada vez camina más deprisa, o esa sensación tiene.

Sí, cree que son tres. Se asoma al primero. Para en seco. Y se arrepiente...

Mantas. Cartones. Luces que parpadean. Más suciedad. Y dos figuras...

Se queda clavada en el suelo. Un, dos, tres, vuelve a contar...

Gritos. “¡Ehhhh, el metro es por aquí!”.

Duda si continuar. Entrar en ese “afluente” supone pasar ante las figuras... Esas que le gritan y esperan. Se asoma queriendo continuar. No ve nada. En ningún sitio.

Recuerda haber estado allí antes y haber recorrido varios pasillos antes de dar con el correcto. Se arriesga. Entra. Se va acercando a las figuras.

Le hablan. No sabe si mirar, correr o dar marcha atrás. Esta última ya no es una opción. Las figuras la miran y caminan formando un ángulo recto con su trayectoria. Se cruzarán en su camino.

Ahora escucha lo que le dicen. Total... lo que tenga que ser, será. Mejor optar por sonreír. Es un principio psicológico: si crees que vas a ser una víctima, mira a tu verdugo a los ojos. Que vea a la persona y no a la víctima anónima... y si es posible, dile tu nombre.

Sus palabras: “mucha gente sigue de largo aunque les avisamos, no nos hacen ni caso, ¡es por aquí!”

Él, sudamericano. Unos 30. Muy dejado.

Ella, muy joven. Española. En chándal. Está limpia.

Están de pie. Quieren hablar.

Cuando pasa a su lado se da cuenta de que lo que dicen es cierto. La entrada está un poco más adelante. Se han acercado y la miran mientras siguen hablando.

Espera que le pidan dinero por la información. Espera algo. Y sigue sonriendo. Les da las gracias verbalmente y alzando la mano. Pero no pasa nada... excepto ella.

Escucha a su espalda una frase pronunciada por la chica. Se dirige a él pero es un pensamiento en voz alta: “estamos viviendo en la calle pero no somos tan mala gente, ¿no, Mario?

Y siente vergüenza...

Y una vez en lugar seguro se arrepiente de no haberse parado, haberles preguntado qué les ha llevado a tener que vivir allí (sobre todo a ella) y haberles retratado, a ellos y su mugriento subterráneo, para esta entrada de blog.

Se arrepiente de verdad...

Seguro que gustosos habrían pasado su brazo por el hombro del otro y habrían posado para ella.

jueves, 12 de febrero de 2009

Sí, pero de naturaleza etérea


Subió el escalón con sumo cuidado, apoyando una mano en la pared y alzando al aire la otra para encontrar el equilibrio. Se estabilizó y miró al vacío para centrarse en sus sensaciones. Los dos pies estaban apoyados y no apreciaba la más mínima oscilación. Esperó, como era su costumbre, y tomó impulso mientras cerraba los ojos para alcanzar el siguiente nivel. Lo mismo. Nada ocurrió. Sus dos pies parecían haber echado raíces y apoyaban completamente sobre la estrecha superficie. Notó sus dedos abrirse y sonrió pensando en los palmípedos. El tercero, cuarto y consecutivos escalones parecían llamarla. Incrementó el ritmo y, sin darse cuenta cómo, estaba mirando desde lo alto, desde una distancia de vértigo... Y se imaginó rodeada de tallos y de habichuelas mágicas.

Comenzó a avanzar por el largo pasillo. Ya no adelantaba un pie parando cuando el otro llegaba a la misma posición, ni sintió un escalofrío cuando la luz que entraba por los ventanales del largo recorrido dibujó espectrales luces y sombras que se cruzaron en su camino. Ninguna de esas sombras se le apareció con forma humana. Tampoco tanteó la pared buscando esa llave que le devolvería la luz –y por lo tanto, la tranquilidad- con la ansiedad de antaño. Miraba su objetivo, la puerta al final del pasillo, sin preguntarse nada sobre la oscuridad, los ruidos o la ausencia de personas cerca. Nada. Su mente era una balsa de aceite, y su cuerpo avanzaba con paso firme, taconeando y deleitándose con el sonido de sus pasos sobre la vieja tarima. Crujía... sí, ¿y qué? Deliciosa melodía que ponía banda sonora a su recién estrenada valentía.

Les miraba sin inmutarse, con pausa, con tranquilidad, preguntándose por qué ahora veía a los otros como lo que eran, como lo que habían sido siempre: cuerpos que sobrevivían bajo el peso de unas almas que, a ratos, les atormentaban. Vio ceños adornados con el frunce de una vida de miedos, ilusiones frustradas, envidias, añoranza, esperanza, dolor... vio surcos de sufrimiento y entendió que los rostros son únicos, pero no por su estructura, ni por las facciones, sino porque las experiencias vitales hacen mella en nuestra psique, y es así como lo compartimos con otros, permitiendo a nuestro rostro hablar por nosotros, decir aun estando callado. Y sus cejas no se alzaron ni sus ojos se entornaron: relucía tersa como nunca.

Ahora, cuando anda, nota el suelo bajo sus pies... aunque de cuando en cuando se rebela y hasta se permite caminar unos pasos de puntillas.

sábado, 31 de enero de 2009

Mudarse de casa/ Mudar la piel...

(Me) he mudado. He tomado otra forma, estado, naturaleza... y además he cambiado de barrio. Escuché el otro día que 21 días son los que necesitan las células del cuerpo para morir y regenerarse. Me hago el propósito de volver a ser “aquella yo” para el día 21 de febrero.

Sábado mañana: he salido –paraguas y cámara en mano- a recorrer las calles aledañas a mi nuevo hogar. Me ha llevado unos días, pero al fin logré convertir una fría casa en un acogedor hogar. ¡Brindo por ello! Sonriente, con un gorro calado hasta las cejas y mirada de exploradora, he caminado mirando al cielo y preguntándome por qué anunciaban lluvias torrenciales cuando he tenido que cargar el paraguas y sacar las gafas de sol. Este era mi cielo hoy:



Me encanta mi nuevo barrio. Necesitaba encontrar un lugar que apostara por mí, que me permitiera sentirme ¿feliz? Un lugar por el que pasear curiosa o que me ofreciera la oportunidad de sentarme en un banco a leer una soleada mañana de domingo o dejar pasar el tiempo mirando a la gente, preguntándome acerca de sus vidas, sus temores, sus esperanzas o decepciones, al final, preguntándome sobre el sentido de la vida. Y creo haberlo encontrado (el lugar, claro... no el sentido de la vida):


Me he topado con verdaderos tesoros. A un ser como yo, no podía faltarle una tienda como esta: Pura Magia... ¡y con escoba y todo!:


Ni un lugar que huele a café, té y chocolate:

Una librería antigua en cuyas estanterías se apilan montones de libros usados sin orden ni concierto más que para quien la regenta. Que huele a libro viejo, y a historias, y a personas con inquietudes:


Una librería nueva en la que encontrar libros en versión original (en el escaparate Artemis Fowl: The Graphic Novel, leída en castellano aunque no descarto leerla en inglés. Artemis Fowl, una suerte de adolescente mafiosillo que tiene que vérselas con las nuevas tecnologías de los seres mágicos... Una serie de 5 libros que disfruté de principio a fin... ¡Tiembla, Harry Potter!

Verde floristería frente a la que pararse y preguntarse qué clase de planta es esa o cuál puede ser su esperanza de vida teniendo en cuenta que siempre olvido regar la única planta que adorna mi casa... (He de decir que ella es yo. Cuando estoy decaída o me autocastigo cuidándome menos, olvido regarla. Y sus hojas comienzan a caer lánguidas al mismo ritmo que yo pierdo peso o crecen mis ojeras... Aunque como su dueña, es fuerte y resistente: media jarra de agua y al cabo de las horas sus hojas vuelven a resplandecer. Metro y medio de planta: no está mal)


Le Carte des Vins : un lugar en el que catar vinos y en el que perderse una tarde de viernes mientras eliges el “caldo” que ofrecerás a tus invitados con la cena. Un plan delicioso. Y en una de sus cristaleras frases de personajes célebres asociadas al vino:

Bailo fatal. Creo que mi timidez no casa con el desparpajo. Nunca fui una niña de las que bailoteaban sin cesar, más bien, me asomaba entre las piernas de mi madre y sentía vergüenza ajena (además de un poco de envidia), cuando veía a otras niñas hacerlo. No obstante, si me animara, no me faltaría un lugar en el que “deslumbrar” con mi lenguaje corporal:

Como curiosidad, un comercio dedicado única y exclusivamente a la vida marina. Me temo que esa pequeña tienda se extiende hacia dentro, como por arte de magia, y alucinaría a quien la visitara. ¿Quién puede ver negocio en una tienda así? Aunque no creo que haya demasiadas...

Y por último mi edificio, construido en 1929. Me da que alguno de los vecinos son de la quinta... Y me tranquilizó el casero cuando me dijo: “no, esta parte de la casa está totalmente rehabilitada... se encontraron grietas de tal tamaño que dieron 3 minutos a los vecinos para desalojar y derrumbar toda esta zona. Si se cae algo, es del patio hacia el otro lado...” Encantador mi casero.


Y yo, reencontrándome conmigo misma y disfrutando de este maravilloso barrio y de esta nueva casa, que aunque levantada mucho antes de que yo naciera, estaba esperándome.


domingo, 25 de enero de 2009

De cambios, física y psicología...

"Sky and Water" M.C. Escher

Desde que lo escuché por primera vez me gustó la palabra: Resiliencia. Término tomado de la física, se refiere a la propiedad de un cuerpo para volver a su prístina forma después de haber sido deformado por medio de una presión.

Las personas también nos deformamos. Nuestros cuerpos mantienen su forma, pero la presión en ocasiones nos deja irreconocibles, como si nos observásemos en un espejo cóncavo o convexo. Como una pelota sobre la que nos sentamos y se va expandiendo hacia los lados, cada vez más tensa... a punto de explotar.

La resiliencia en psicología hace referencia a la capacidad del hombre para superar problemas importantes y salir fortalecido de ellos. A resistir a pesar del peso y aprender durante el proceso. A “renacer” y sacar beneficio de aquello que trastoca nuestro mundo y lo deja patas arriba.

Siempre he pensado que la gente no cambia. Que momentáneamente modifica algunas conductas pero, en esencia, continúa igual. Nos adaptamos en un momento puntual volviendo en cuanto la situación se normaliza a nuestros hábitos y costumbres, a nuestra manera de hacer, de relacionarnos, de enfrentarnos a la vida...

Ahora opino de otra manera. Tememos al cambio y tratamos de pasar de medio lado para que nos toque lo menos posible. Pero cuando el cambio separa las piernas y se pone en jarras frente a ti... cuando no deja que continúes tu camino, levanta la cabeza con un gesto entre chulesco y amenazador y te dice que tendrás que pasar sobre su cadáver... o peleas con uñas y dientes, o acaba por aplastarte. Y ahí es donde entra en juego la resiliencia. O te remangas, aprietas los dientes y le haces ver que le darás guerra, o te sientas en un rincón y te dejas morir... te vas pudriendo por dentro y terminas convirtiéndote en un guiñapo.

Llegados a ese punto, y una vez has luchado y has vencido, te das cuenta de que se cambia. De que los esquemas mentales se modifican. De que el miedo desaparece –y no sólo el miedo a esa situación amenazante- sino el miedo a la vida. De que respiras, piensas y miras de otra manera. De que te sientes en paz y has ganado una seguridad que desconocías. De que has salido fortalecido y puedes sentirte orgulloso. De que esa resiliencia que vivía agazapada, ha salido de su escondrijo y te está dando la mano.

Hay Almas viejas que se reconocen por esa sabiduría que otorga el haber conseguido superar obstáculos y haber sido capaz de seguir adelante sin mirar atrás... aunque también es cierto que para seguir su camino han tenido que aprender a perdonar.
Perdonar... el más difícil de los aprendizajes...

sábado, 10 de enero de 2009

Rara avis

Era domingo, así es que se tomó el tiempo, no sólo de leer esas secciones o columnas habituales en su rutina dominical, sino que se detuvo en las necrológicas y en el horóscopo cuando se sentó frente al periódico. Acuario: “...la pasión llamará a su puerta en este momento en el que va encontrando la estabilidad emocional. La suerte está de su lado...” Lo cerró con un ¡buah! poco propio de ella y sintió un escalofrío. Se paró en seco en mitad del salón, con la bata a media pierna y unos calcetines de deporte, que si bien no eran demasiado bonitos, calentaban, y por tanto cumplían su objetivo y volvían al cajón una y otra vez tras sus innumerables lavados.

- ¿Estoy moviendo la energía?- se preguntó mientras ladeaba ligeramente la cabeza hacia la derecha y entornaba los ojos. Los cerró. Inspiró profundamente y se centró en sentir si el escalofrío recorría toda su columna o se quedaba bloqueado en alguno de sus chakras. Según soltaba el aire iba comprobando aliviada que, efectivamente, el vello de su nuca se erizaba y poco a poco sus brazos y su espalda reaccionaban ante “el soplido invisible”, como ella lo llamaba. Exhaló de golpe bajando los hombros y continuó su camino hacia el dormitorio.

- Uy, al respirar he notado como se llenaban mis pulmones, pero no he visualizado ningún color en particular; azul= protección, pero el blanco y el rosa... ¿qué coño significaban, ¿qué color es ese, morado o rosa? ¡Ay, Dios mío!, cuanto más me esfuerzo por concentrarme más se me confunden los colores... ¿y si es sólo negro? Negro... el vacío... no puede ser... piensa, piensa, piensa...

A esas alturas ya se había olvidado hasta de respirar, así es que se despojó nerviosa de la bata, y vestida únicamente con sus calcetines de deporte y unas braguitas rosas, se marcó tres Saludos al Sol que la volvieron a conectar con su respiración y su cuerpo. Rebuscó en aquel “cajón de sastre” -o desastre directamente- en el que guardaba los papeles que no sabía bien cómo clasificar, y sacó un pequeño dossier que leyó apresuradamente y saltándose párrafos hasta que llegó a la tercera hoja: “Tu Luna en la Novena Casa. La casa donde se encuentra la luna es la esfera de nuestra experiencia donde buscamos sobre todo la seguridad emocional. (...) dónde nos refugiamos cuando necesitamos un descanso de la lucha diaria por la existencia. (...) Los sentimientos dan acceso a aquello que la mente no puede comprender racionalmente. (...) Tu manera de ocuparte de los demás puede expresarse compartiendo con ellos tus intuiciones filosóficas o espirituales, o inspirando en potenciales discípulos nuevas esperanzas o visiones (...) tu necesidad lunar de expansión mental se satisface de una forma natural viajando y conociendo otros mundos, culturas y personas diferentes"

- ¡Genial!- pensó mientras arrojaba su Carta Astral sobre la cama – ¡estamos en enero!, como me tenga que consolar pensando en mi próximo viaje...

Y sin siquiera mirarlo, cogió el paquete de camel light que tenía sobre la mesilla, se encendió un cigarro mientras volvía a su “posiciónfetaldedomingotarde” y se reconoció como una suerte de hipocondríaca del Alma... cada vez menos rara avis y más embaucada por las modas y tendencias... aunque, al menos, entre sus afirmaciones, siempre contaba con que era un número 11.

domingo, 28 de diciembre de 2008

De Sinsabores, Dragones y Poetisas...

" San Jorge y el Dragón" 1470. Paolo Ucello

Repito como un Mantra el poema de Amalia Bautista a la vez que no dejo de acordarme del cuadro de Paolo Ucello, ese ante el que nos detuvimos aquella mañana -o quizá fue una tarde, eso no lo recuerdo- en la National Gallery de Londres, sin acordarlo, simplemente porque a ambos nos sorprendió que una obra del Quattrocento pudiera tener una estética tan cercana al cómic o a las ilustraciones de los cuentos. Desde aquel día, esta representación de San Jorge matando al Dragón, nos hipnotizó y fascinó.

Vivo una lucha, un enfrentamiento, en el que al final, ambas energías se anulan mutuamente, quedando sólo el vacío... un vacío en el que tanto la alegría como la tristeza dejan de tener sentido...


MATAR AL DRAGÓN
Ha llegado la hora de matar al dragón,
de acabar para siempre con el monstruo
de las fauces terribles y los ojos de fuego.
Hay que matar a este dragón y a todos
los que a su alrededor se reproducen.
Al dragón de la culpa y al dragón del espanto,
al del remordimiento estéril, al del odio
al que devora siempre la esperanza,
al del miedo, al del frío, al de la angustia.
Hay que matar también al que nos tiene
aplastados de bruces contra el suelo,
inmóviles, cobardes, desarraigados, rotos.
Que la sangre de todos
inunde cada parte de esta casa
hasta que nos alcance la cintura.
Y cuando ese montón de monstruos sea
sólo un montón de vísceras y ojos
abriertos al vacío, al fin podremos
trepar y encaramarnos sobre ellos,
llegar a las ventanas, abrirlas o romperlas,
dejar que entre la luz, la lluvia, el viento
y todo lo que estaba retenido
detrás de los cristales.
Amalia Bautista. (Estoy ausente, 2004)

"Escribir poesía no es una tarea grata. Siempre hay un trecho, muchas veces un abismo, entre el poema que querríamos hacer y el que finalmente hacemos. Hay que luchar contra la dificultad y contra la facilidad, y es mucho más complicado hacer un poema al que no le sobre nada que un poema al que nada falte" Amalia Bautista.

En este caso y para mí, nada le sobra y nada le falta.


lunes, 22 de diciembre de 2008

Martina

Martina a las 8 horas de nacer

- Mira hacia abajo y tira de ella- le dijo la matrona. Se incorporó ansiosa y buscó a Martina para poder tocarla al fin. Ambas estabas exhaustas, pero no por ello ese bebé que aún tenía las vías respiratorias taponadas y cuyo cuerpo continuaba unido al de su madre por el cordón umbilical, dejó de hacer esfuerzos por abrir sus castaños ojos y poder ver la cara de su MADRE.

Una primera mirada que las vinculó de inmediato convirtiéndolas en UNA.

Decidió abrir los ojos al mundo un soleado 21 de Diciembre. Un día luminoso de estos que invitan a sentarse en un banco, mirar al cielo, respirar y dar gracias sin más... Algo que hicimos su padre y sus dos tías cuando salimos un rato del hospital.

En este caso dimos las gracias por una nueva vida que ha llegado para llenarnos de ilusión... porque Martina, tan pequeña, tan indefensa y tan ausente de todo cuanto acontece a su alrededor, ha sabido nacer en el momento adecuado.

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Si es que... es un ratoncito...

domingo, 7 de diciembre de 2008

The Destruction Of Small Ideas*

Al fin pude agarrar una. No recuerdo su aspecto, si era alta o baja, flaca u oronda, sólo recuerdo la sensación de placidez al comprobar que no era tan escurridiza como parecía. Tras intentarlo un día y otro día, al fin cayó. Caminaba apretando la espalda a la pared, sigilosa, amoldándose a las formas de la superficie sobre la cual se apoyaba, palpando para no perder el equilibrio y adquirir mayor relieve del que tenía, ya que sabía que eso sería un riego. Cerca, a escasos milímetros, vi a otra descolgarse por una oquedad. Aprovechó un filamento que conducía a otro espacio para dejarse caer rápidamente. Todo un complot. Las sentía moverse pero era incapaz de cazarlas. En los momentos de mayor descontrol, aprovechaban para rebelarse: revoloteaban, se cruzaban unas con otras, chocaban contra las paredes y hasta podía escuchar sus risas traviesas y nerviosas provocadas por el juego. Riéndose de todo, riéndose de mí. Un descuido o quizá un rayo de lucidez la enfocó y quedó al descubierto. Mordí con saña y enseguida crujió. Al principio me resultó amarga y el sonido retumbó hasta marearme... pero sabía que era la única manera, y que de no masticarlas bien, no llegaría a digerirlas, provocándome mayor rechazo hacia el mundo y hacia mí, además de un dolor que me doblaría en dos de forma continua. Tras la primera, las demás fueron cayendo una tras otra. Lo inesperado, el efecto sorpresa, fue su perdición, porque los años de experiencia las habían llevado a creer que no reaccionaria nunca. Se fiaron en exceso de la repetición y la costumbre. Se creían seguras en un cerebro con un esquema mental tan rígido como una piel secada al aire y siempre presente cuando lo consciente salía a pasear. Las mastiqué una a una, perdiendo el asco y viendo el beneficio en cada movimiento de mi mandíbula. Tragándolas con la dificultad del niño al que la carne se le ha hecho bola, pero no dejando de hacerlo por ello. Y digerí todas esas ideas. Me miraron despedazadas cuando los jugos gástricos aún no las cubrían, asustadas y desconcertadas. Y se fueron sumergiendo una a una hasta desaparecer. Digestión a golpe de omeprazol... pero digestión al fin y al cabo.
* La destrucción de pequeñas ideas

jueves, 20 de noviembre de 2008

Ella y Ella


Ella se encontraba despierta pero Ella se sentía dormida. Podía ver y escuchar e incluso a ratos sentía... pero pasaba largas horas dedicada al acto repetitivo y enfermizo de presionar con el dedo índice distintas partes de ese que decían, era su cuerpo. Un cuerpo que cada día le era más ajeno. En los momentos de desesperación pausada -esa que nace dentro pero no encuentra lugar para derramarse y en su intento de huída descontrolada contamina hasta el último rincón-, cogía un objeto punzante; “un dedo" -pensaba- "carne de mi carne, con el mismo tacto y de la misma naturaleza, le puede pasar desapercibido a mi piel. Mejor probar con algo externo a mi” Y pinchaba como una autómata en uno y otro lugar, sin orden ni criterio, únicamente buscando sentir, buscando sentir a través del dolor. Su mirada fija. Su cuerpo inerte. Y la sangre dibujando caminos sobre su cetrina piel, siguiendo los surcos de la sequedad y la dejadez.

Escuchó voces punzantes que anhelaban tanto como ella que surgiera esa expresión del sufrimiento que le demostrara que estaba llena de vida. Borbotones de vida. Buscaban pinchar en el lugar idóneo, conseguir que un único salto de agudo dolor fuera el desencadenante del desentumecimiento de su cuerpo, del despertar de su Alma y de la vuelta del color a sus mejillas, otrora sonrosadas, hidratadas e iluminadas. Ahora, la sal de sus lágrimas había absorbido cualquier rastro de tersura en su piel. Esas voces eran suaves y cálidas, verbos hechos abrazos... pero no conseguían más que hacerle llorar más por dentro. Porque ninguna presión, pinchazo o voz punzante, en ese momento era la solución. Las palabras morían antes de llegar siquiera a sus labios... pero sus ojos, aun cargados de tristeza, agradecían y trataban de sonreír en silencio, lamentándose por no ser capaces de devolver ese abrazo de alguna manera.

Durmió su cuerpo y optó por hibernar. Sabía que antes o después la primavera llegaría. Y sentiría. Y sabría devolver con intereses la confianza e inversión de quien creyó en Ella.

jueves, 13 de noviembre de 2008

Rendijas

Dave McKean. (Detalle)

Cerró las puertas y las ventanas, miró al suelo, corrió a por trapos y, arrodillándose con el ímpetu y la flexibilidad de un niño, quiso tapar hasta el último hueco o rendija por el que se pudiera escapar. Fue de un lado a otro sin ser capaz de fijar la mirada, jadeando, sin apenas poder respirar... sabiendo que tenía el tiempo contado y que cualquier error, cualquier poro por minúsculo que fuera, podía convertirse en un dique de contención que de pronto se desbordara arrastrando y asolando todo cuanto encontrara a su paso.

Escuchaba el silencio día y noche, prefiriendo hacerlo a oscuras para aguzar más el oído, dejando de respirar en cuanto creía oír algún silbido que indicase que algo no había quedado sellado...

Y lloraba, se balanceaba y rezaba pidiendo a Dios que aquello tan valioso no se le escapara. Que sus deseos, propósitos y esfuerzos por evitarlo sirvieran para algo. Que la presión, el miedo, la incertidumbre y la desazón desaparecieran, para así poder sacar el corazón de su bolsillo, ese que ahora era ceniciento y viscoso y tenía pegado hilos, pelusas, trozos de kleenex, una moneda de céntimo y las dos entradas de una película que hacía poco habían visto en el cine, y conseguir devolverlo a la vida y escucharlo latir con la fuerza y el color del primer llanto de un recién nacido: un llanto de vida, esperanzas e ilusión. Un llanto granate rabioso.

Y el aire dejó de entrar y con ello el flujo de oxígeno.

Y no dormía temiendo no descubrir la grieta.

Y tanto temblaba que sentía las paredes vibrar.

Y ahí se quedó parada, esperando callada, ahogándose en el silencio y la humedad, mirando a todos lados sin mover más que los ojos, y anhelando hasta el dolor que quedara algo que poder conservar y abrazar.

viernes, 7 de noviembre de 2008

Crisálida


Se percató de que era la segunda vez en pocos minutos que se acercaba al espejo y, tirando con el índice de sus acusadas ojeras, buscaba una tonalidad distinta, un indicio de algún mal o enfermedad, y se sintió un poco ridícula. Aún paladeaba el sabor a alcohol y excesos y trató de recordar qué había bebido- haberse preguntado cuánto, habría sido como lanzar un globo al aire; perdió la conciencia a las pocas horas de estar allí-, y también de labios de quién lo había hecho, aunque todos los intentos por volver a la noche anterior resultaron estériles. Se sentó en una silla y vomitó repentinamente sobre sus Louboutin.
-No, no y no... ¡mis Loboutin no!- dijo mientras se arrodillaba en el suelo y trataba de enmendar semejante desaguisado, aunque se dio cuenta de que esas punzadas de dolor que en otras ocasiones le habían doblado cuando sus cómplices en la conquista habían sufrido algún desperfecto, se habían suavizado hasta apenas convertirse en un leve cosquilleo.
Se duchó, se puso una camiseta de tirantes y unas braguitas y fue a recostarse al sillón. Se quedó dormida.
Cuando despertó, lo hizo con un sobresalto y comenzó a llorar. Se acercó al espejo de cuerpo entero de su habitación, sacó la lengua y se la examinó.
-¡Joder!, tercera vez que busco síntomas de enfermedad. ¡Tengo una resaca de caballo y punto!- se dijo alzando la voz.
Pero se quedó muda al ver la imagen que le devolvía el espejo, ese en el que tantas veces se había mirado, asomando la cabeza sobre su hombro cuando se encontraba de lado, para poder apreciar el cuerpo que los demás veían. No se reconoció.
-Es sábado- se dijo- llevo más de medio día durmiendo en el sillón, ¡me he puesto ropa interior blanca!, y encima arrastro una manta que me regaló mi madre por toda la casa... ¡qué coño me pasa!
Pero a pesar de sus recriminaciones volvió a envolverse en la manta y se tumbó frente al televisor. Se sorprendió riéndose y aplaudiendo ante programas que no había visto en su vida. ¿Cómo preferir quedarse en casa un sábado por la tarde-noche pudiendo retozar en una cama junto a Héctor o caminar como una gata sobre el cuerpo de Guillén? Aunque este sábado ni se lo planteó. Su teléfono vibró 4 o 5 veces a lo largo de la tarde, pero una de ellas le pilló vomitando de nuevo en el baño, dos ensimismada con lo que estaba viendo, una leyendo la composición de algunos de los frascos que almacenaba en su nevera, y la última enfrentándose a una suculenta ensalada acompañada de pescado a la plancha. Le supo a gloria porque comió con hambre, y debían de ser las 21:00 cuando se dio cuenta de que no había encendido un cigarrillo desde que se levantó. Hizo ademán de cogerlo, pero el agotamiento le impidió siquiera levantar la cajetilla de la mesa.
Los días siguientes no fueron mejores. Desayunaba algo más que un cigarrillo, buscaba llegar a casa pronto después del trabajo e incluso cambió los ejercicios matinales sobre la mesa del despacho vecino por unas clases de Body Balance que, según decía ella, “le hacían sentirse en equilibrio. Algo muy extraño pero bienvenido” Hasta optó en alguna ocasión por calzar bailarinas para ir a trabajar a ver si se apaciguaba su dolor de espalda.
Y es que esa piel aterciopelada que la había cubierto hasta el momento se le fue antojando reseca y sin vida... Una cutícula cada vez más traslúcida de la que despojarse ahora que había optado por volar.


Imagen: Gustav Klimt. Detalle. "Esperanza I"

sábado, 1 de noviembre de 2008

Un jueves cualquiera


Como tantos otros jueves cogí el tren de las 18:00 de la tarde. El mismo viaje, el mismo paisaje pero distintas personas. Nunca son las mismas, a pesar de la rutina semanal. A veces coincides con alguna azafata o con el azafato-camarero que atiende en el bar, y son estas las únicas caras reconocibles de una a otra semana. Llegada a la estación y comienzo ya del viaje; no del recorrido sino de la aventura que supone entrar en un tren lleno de gente, como tú, como yo, o acaso tan diferentes. La tienda de revistas; no cabe un alma. Maletas golpeando y tratando de hacerse hueco entre los estrechos pasillos, personas alzando la vista y pidiendo disculpas, billetes entre los labios a falta de manos y ese hombre que me empuja al pasar, girándose de inmediato para excusarse, sin dejar de avanzar con prisa. Ese mismo hombre que, minutos antes, me miraba con curiosidad cuando he entrado en la tienda: gabardina verde, pelo cortado al uno e inmensas patillas, y lo recuerdo porque yo también le he mirado. Salgo pidiendo paso y las pertinentes disculpas, con mi billete entre los dientes, las revistas apoyadas en algún lugar entre mi mano y mi cadera y el cambio entre los dedos que tratan de empujar la maleta. ¿Por qué siempre voy por la vida con maneras de malabarista? Hoy el tren ya se encuentra en la vía, lo que me hace respirar aliviada al pensar que no estaremos todos pendientes de una pantalla que dará la salida para el comienzo de la carrera. ¿Por qué la gente corre si todos tenemos un asiento asignado? Una “amable” azafata sella mi billete y gruñe algo que parece ser un “vagón número 2”, aunque he de buscar mi papel para comprobarlo, porque ni me ha mirado y así es imposible leerle los labios a nadie. Me dispongo a bajar la rampa mecánica, no sin antes colocar mi maleta detrás de mis piernas. Las maletas de cuatro ruedas, en combinación con las rampas de Atocha, pasan a tener vida propia... y no estoy dispuesta a bajar corriendo impulsada por su peso, otra vez no.... y menos hoy, teniendo en cuenta la altura de los tacones de mis botas. Busco mi coche sin dejar de mirar a las ventanillas y a las personas que ya están dentro. Poca actividad en los vagones aún. Llego, entro y trato de alojar mis pertenencias en algún lugar... ¡ahora entiendo por qué corren! Me las veo y me las deseo pero al fin me libero del peso. Busco mi asiento con relativa rapidez y seguridad (ya son muchos viajes) y veo que ya hay alguien sentado al lado. Cierro los ojos durante un segundo y rezo algo muy cortito para que quien va a acompañarme durante esas cuatro horas no sea: a) un mochilero que no se ha duchado desde que comenzó su viaje, b) alguien que no respeta los silencios y que habla sin parar, c) un hombre o mujer con rastas (me estaría picando la cabeza todo el trayecto), d) una de esas personas que hace de su asiento (y del de los demás) su casa y no duda en descalzarse o robarme parte del escaso espacio. Me asomo con los ojos medio cerrados, con ese gesto del que quiere ver la película de miedo pero no quiere verla, y respiro por segunda vez desde que entré en la estación. Hoy es un hombre que ronda los cuarenta con pinta de aseado. He tenido suerte. Le saludo amablemente y me siento. Comienza el despliegue: dos libros- en este caso “Octaedro” de Cortázar y “Trilogía De Nueva York” de Auster- dos revistas –una de moda y otra de cotilleos- mis gafas de pasta azul, chicles, un chupa-chups kojak, galletas filipinos, mi teléfono móvil, y el i-pod. Levanto la cabeza, en un acto reflejo, al escuchar a alguien que entra hablando a gritos con su móvil: “sí, una puta conferencia en Valencia... brrrrr”, y al pasar me doy cuenta de que esa gabardina verde me suena, y que el tipo se va a sentar dos asientos por delante del mío, exactamente en el 4 a. Y pronto me hago una idea de a qué categoría pertenece; no tengo más que observar como mira a las personas de los asientos de alrededor, apoyando el teléfono en su hombro mientras se quita la gabardina, también ahora con prisas. Y por supuesto, me mira dos veces en el intervalo de dos segundos, al darse cuenta de que ya nos vimos hace un rato; incluso intimamos tanto que me empujó. Ojeo una de las revistas, compruebo la hora y si me ha llegado algún mensaje y espero a ver quién se sienta frente a mi (sí, el día que cargo con el ordenador no me dan asientos de cuatro con una mesa entre medias... pero hoy sí) Y no tarda en aparecer una pareja de chicos de unos veintitantos años que comprueban con cierta desilusión que no van sentados juntos, sino que les separa el pasillo. No dicen nada ni piden a nadie que les cambie el asiento, a pesar de que uno de ellos tendrá que viajar al lado y encarado con una madre y dos niñas pequeñas. Podría haberles ofrecido el mío, pero después del despliegue... Llega la chica que ocupa el cuarto asiento justo cuando el tren empieza a moverse. Y no hemos hecho más que salir de la estación y ya he podido fijarme en el hombre con pinta de pijo trasnochado que se asoma al vagón desde la cafetería. Pelo con entradas, muy rizado y engominado, y patillas. Pantalón levi´s desgastado, camisa rosa y jersey gris de Ralph Laurent. ¿Llevará castellanos? No puedo ver tanto desde mi posición, aunque ganaría si apostara. Con algún kilo de más, cara de interesante y el periódico entre las manos. Hace que lee, pero pasa más tiempo escaneando a las mujeres que fijando la mirada en el papel. Y de vez en cuando sonríe como si alguien se hubiera percatado de su presencia. Me pregunto qué hará aquí y a donde irá, aunque no le presto más atención y comienzo mi lectura. Apenas habla nadie y la gente se coloca los auriculares para poder ver la película. “Los falsificadores”, creo que paso. Si por algo opto por el tren en vez de viajar en coche es precisamente para regalarme cuatro horas de lectura, de momentos en los que pensar con la vista perdida, escuchar música sin que nadie me moleste, jugar a seguir el paisaje sin marearme o charlar con alguien interesante que se siente cerca, algo que no ocurre casi nunca porque mi gesto y mi deseo de abstraerme durante esas horas no invitan. Primeros ronquidos y voces de niños. Uno en particular arranca a reírse a carcajadas, de esa manera espontánea en la que sólo se ríen los niños. Me contagia la risa. Levanto la vista de mi libro y me asomo. No puedo verle a él porque está sentado en mi misma fila, aunque veo a su madre al otro lado del pasillo, hablando tras un ratón de trapo que gruñe porque el niño le ha lanzado por los aires, y entiendo por qué no puede evitar las carcajadas. Pienso que eso es una madre, la que está todo un viaje entreteniendo a un niño, de no más de tres años, que necesita moverse y hablar y levantarse y preguntar, y no aquella que no pararía de regañarle por no estar quieto y sentado. La sonrío. Me ve. Vuelvo a mi lectura y una sensación de placidez me acompaña un buen rato. Sigo escuchando la risa como música de fondo. Siempre ocurre lo mismo: en el momento en el que acaba la película el tren comienza a animarse. La gente se levanta, visita la cafetería, se estira o se muestra más habladora. Y esto último es lo que ocurre con la “pareja” que tengo justo enfrente: la valenciana y el uruguayo. Él aprovecha que ella se levanta para preguntarle por su lectura en el momento en el que vuelve a sentarse. Ella, con un libraco que da miedo sobre psicología vial, agradece no tener que ponerse a leer y comienzan a conversar. No pasa mucho tiempo y observo- sin apenas alzar la vista de mi libro- que ella juega con un mechón de su pelo mientras hablan... Y no puedo evitar acordarme de Flora Davis y sonreír, porque cada vez es más expresiva y las palmas de sus manos se orientan hacia el curioso uruguayo. Al principio pienso que es Argentino, aunque esa forma de pronunciar tan cerrada y la lentitud y encanto con la que arrastra las “elles” me hacen dudar. Es él quien habla sobre su procedencia. A ratos leo, a ratos escucho su conversación y en algunos momentos pego mi cara en el cristal, cercándola con ambas manos, y trato de ver algo del exterior, pero es noche cerrada y hay demasiada luz dentro del coche. Desisto y continúo cotilleando. El otro uruguayo habla animadamente con la mamá que le tocó por compañera. Por su aspecto y la ausencia de alianza concluyo que está divorciada. Botas de caña alta sobre unos vaqueros muy ceñidos y pelo largo y rubio sujeto por una coleta. Una suerte de Ana Obregón. La chica que hablaba con el uruguayo se vuelve a levantar, y este recibe un sms en su móvil. Se lo enseña a su amigo, se ríen y pregunta en voz alta con la esperanza de que alguien le responda: “¿Qué significa borde?”. Y como en un “brainstorming” empiezan a lloverle respuestas de los asientos cercanos: “maleducado” dice uno, “mala persona” dice otro, yo le miro, tuerzo la boca y niego con la cabeza. Relee el sms y repite, con cara de susto, para que todos le oigamos: “me caíste bien pero eres un poco borde”. Nos mira y dice: “¿de verdad significa eso? Y no sabe si reírse mientras le vuelve a mostrar el teléfono a su compañero o llorar. Está desconcertado. Yo, para mis adentros, pienso que el mejor sinónimo es antipático o quizá seco, pero me callo. Hay demasiadas personas en esa conversación. Ahora soy yo quien se levanta y va a la cafetería. Llevo dudando un rato porque el pijo trasnochado lleva todo el viaje allí, asomándose, y no me apetece demasiado quedarme parada junto a él. Pero necesito estirar las piernas e hidratarme. Y entro. Permanezco un rato apoyada en la barra mirando como el limón flota sobre mi bebida. Relleno el vaso de poco en poco y juego todo el tiempo a lo mismo; conseguir que el limón flote y no se quede pegado a las paredes, aunque tratar de concentrarme en semejante banalidad no apacigua mi incomodidad por notar al pijo a mi espalda babeando. Antes de salir tengo que arrancarme los pegajosos ojos del tío del culo; lo hago con un manotazo y no me digno ni a mirarle. Más o menos lo que le ha venido pasando todo el camino. Vuelvo a mi asiento y me dispongo a escuchar a Keane: “Perfect Symetry”. El martes que viene les veré en concierto y quiero habituarme antes a estas nuevas canciones, aunque, por supuesto, son las antiguas las que me harán vibrar. Llegamos a la estación Nord de Valencia y espero, como tantas otras veces, quedarme casi sola en el vagón, pero hoy apenas baja nadie. Bueno, sí, el moreno de gabardina verde al que no he vuelto a ver en tres horas. Y en ese momento recuerdo los cuentos que esta misma mañana leía de Cortázar: “Manuscrito hallado en un bolsillo” y “Cuello de gatito negro”, y pienso que a pesar de los juegos que imagina la gente, de las ventanillas y las miles de posibilidades que pueden darse en lugares tan concurridos como los metros o los trenes, la mayoría de las veces las interacciones quedan en un rato de conversación, sin más. Ni un intercambio de correos ni de teléfonos y ya ni decir tiene el abandonar tu destino inicial y aventurarte a bajar allí donde el destino o el amante ocasional decida. ¿O acaso he dejado pasar experiencias de las que ni me percaté por ir por el mundo con una venda en los ojos?. Es posible. El caso es que siempre me gustó buscar la imagen plana en las ventanillas, mucho más misteriosa y excitante que la tridimensional... las miradas en espejo siempre me resultaron más profundas y penetrantes. Quizá fue eso. Preferí la imagen al ser de carne y hueso. No pasa demasiado tiempo cuando veo que la gente empieza a revolucionarse. Movimiento de abrigos, bolsas, maletas... Desde que conecté el i-pod, me he perdido en mis pensamientos y apenas me he dado cuenta de esos 50 minutos que han transcurrido desde Valencia a Castellón. Me desperezo como una gata, recojo mis múltiples cosas y me doy cuenta de que estoy muy cansada y con ganas de cobijarme en el abrazo reconfortante que me espera en la estación. Mañana lluvia, nubes, humedad o viento huracanado... pero también el Mediterráneo. Ese que me da tanta paz y me arrulla con sus olas.

Dibujo: Mark Langley. 2-6-0 standard locomotive stood at Leeds CityPencil - 59 x 36 cm

domingo, 26 de octubre de 2008

Baile de colores

Aya Kayo

Quiero ser azul, violeta, fucsia, verde y amarilla. Desplegar mis alas y deslumbrar a los demás con mi colorido. Que mis movimientos rápidos sean energía que invite a reír, saltar y bailar. Quiero cerrar los ojos, impulsarme y volar. Volverme aerodinámica y que nada me pueda tocar. Girar en un baile sin máscaras hasta desmayar.

Para después, plegarme y descansar.

domingo, 19 de octubre de 2008

La pesadilla de la Muerte y el Sueño de la vida eterna...


“¡Ojalá mi joven vida fuera un sueño duradero!
Y mi espíritu durmiera hasta que el rayo certero
De una eternidad anunciara el nuevo día (...)”

Edgar Allan Poe.

A veces me pregunto si no estaré muerta. Si aquella vez que “casi” me atropella un coche, que me atraganté, o que perdí el conocimiento durante unos minutos, y al despertar di gracias porque solo fue un “casi”, la vida continuó su curso mientras yo comencé a vivir un sueño disfrazado de realidad... el sueño de creerme viva cuando la realidad es que Muerte me llevó con ella. Y es que a la Muerte y al Sueño, a los sueños, les unen lazos fraternos; siempre van el uno junto al otro...

A veces miro a mi alrededor y quiero preguntar si este mundo y esta vida es el mundo y la vida que viví mientras estaba viva, quizá hace muchos años ya... Aunque de estar muerta, mi angustia de agudizaría porque ya nadie podría responderme, porque los únicos que podrían hacerlo, quienes me rodean, con quienes interactúo, estarían tan muertos como yo...

La única diferencia es que yo me he parado a pensarlo mientras que ellos aún no lo saben.

lunes, 13 de octubre de 2008

Teleología del ser humano II

Imagino, que a raíz de la lectura de la entrada anterior, alguien dejó esta frase en mi correo:

"El vicio es un error de cálculo en la búsqueda de la felicidad..."

Y me deseó unos buenos y viciosos días...

Gracias. Recordaré las palabras de Aristóteles y trataré de encontrar la virtud en el término medio. No vaya a ser que en mi búsqueda de la felicidad termine pecando de viciosa...

(No sé de dónde la sacó, así es que, si te pertenece, házmelo saber y gustosa escribiré tu nombre junto a ella)

domingo, 12 de octubre de 2008

Teleología del ser humano


Ya nos habló Aristóteles, a través de su ética teleológica y eudemonista, del fin último de las acciones del hombre: alcanzar la felicidad. Pero, ¿qué es la felicidad?, ¿cómo se puede alcanzar?, ¿cuándo podemos considerar que somos felices? Demasiadas preguntas y pocas respuestas.

¿Cómo es posible que personas que han vivido o viven auténticos dramas personales sean más felices que aquellos que, en principio, poseen de todo? ¿Es la salud?, ¿el dinero?, ¿quizá el amor?

Aristóteles consideraba que a la felicidad sólo se podía acceder a través de la virtud o razón, mientras que Maslow proponía la realización personal como cumbre de su pirámide. En este último caso, antes de conseguir la autorrealización resultaba imprescindible tener cubiertas las necesidades fisiológicas, de seguridad, de afiliación y de reconocimiento. Entonces, ¿por qué hay personas que aún habiendo conseguido escalar la pirámide no se sienten felices?

Busco respuestas en la persona que más preguntas ha realizado en los últimos años. Me ayudo de las claves científicas de Eduardo Punset y saco las siguientes conclusiones:

Cuando la fuente de la felicidad es el placer, la felicidad es tan efímera como este. Para que la felicidad se mantenga en el tiempo es necesario que partamos del sentido que da a la vida un compromiso. Y en estos días en los que buscamos placeres inmediatos sin pararnos a pensar en las compensaciones a largo plazo de la espera, es comprensible el nivel de infelicidad reinante. Y esta búsqueda del placer inmediato ya nos caracteriza desde la infancia. Pon a un grupo de niños frente a una fuente de caramelos y diles que si no los tocan se les darán caramelos, chocolatinas y todo lo que pidan. Sal de la habitación y observa lo que hacen cuando creen que el adulto no les ve. Sacrificarán una gran recompensa a largo plazo por una pequeña porción inmediata.

La mayor parte de la felicidad radica en la búsqueda o la expectativa. Realmente siempre o casi siempre la expectativa (de un encuentro sexual, por ejemplo) supera la felicidad que nos proporciona la acción en sí. Sobreestimamos la intensidad de la felicidad que nos aportará un acontecimiento, al igual que somos tremendistas a la hora de calibrar la infelicidad de un hecho que aún no ha ocurrido o quizá no ocurra jamás. Así es que a partir de ahora me haré el propósito de ser menos ansiosa y disfrutar del camino, a la vez que tomaré conciencia y trataré de ser objetiva cuando espere que ocurra algo (positivo o negativo).

Puesto que la felicidad se define como la ausencia de miedo y parece que existe un gen que predispone a ser feliz, me pregunto: ¿estoy condenada? Porque los miedos forman parte de mí...

Algo que siempre he sabido es que la visión de conjunto evita que seamos capaces de percibir los detalles y los matices de aquello que tenemos frente a nosotros. Nos perdemos en el todo. No sabemos disfrutar de las pequeñas cosas que, al final, son las que nos proporcionan pequeños momentos de felicidad. ¿Seré capaz alguna vez (antes de jubilarme) de vivir a cámara lenta?

No todo lo que creemos recordar ha ocurrido realmente. A veces, nuestra mente, al relacionarse con el significado en vez de hacerlo con la información, reconstruye los hechos cada vez que reavivamos un recuerdo. Y puesto que un mismo ser humano puede ser más distinto de sí mismo en dos momentos de su vida que de otro ser humano, esta reconstrucción, según avanza el tiempo, nada tendrá que ver con lo que ocurrió (si es que así fue). Parece que la mente nos juega malas pasadas y ayuda a alimentar nuestra infelicidad.

Leí otras muchas cosas como que el amor y el odio son tan similares que resulta imposible diferenciar lo que estamos sintiendo si solamente se mide a nivel fisiológico, o que la depresión es el resultado de un exceso de introspección que actúa como la tela de una araña que al final termina enredándonos... Y la verdad, es que continúo teniendo las mismas dudas sobre la felicidad; incluso ahora me muestro más pesimista que antes. ¿Será verdad lo de la araña? Por si acaso, dejaré que los pensamientos fluyan sin pararme a pensar en ellos...

Si la felicidad consiste en disfrutar de pequeños momentos, os regalo una porción de mi felicidad: encontrarme bajo esta pirámide y observar el efecto mágico del sol sobre ella.

¡Ah! Y si alguien tiene alguna clave para acceder a la felicidad... adelante.

jueves, 2 de octubre de 2008

Filosofía callejera


Hace unos días callejeaba por una zona que desconocía en busca de una oficina de correos. Bajé una cuesta y me topé de frente con la pared de la foto. Iba muy cargada y, como pude, con maneras de malabarista, saqué mi teléfono y tome esta foto. De pronto, miré a mi derecha y me encontré un hombrecillo de esos de la tercera edad que parecen puestos por el ayuntamiento; lo mismo te hacen gestos para ayudarte a aparcar, que se paran a tu lado, en cuanto bajas la guardia, y te comentan aquello que les viene a la cabeza. Se quedó a mi lado mirando la pared y dijo:

- Veo que se ha dado cuenta de que contamos con verdaderos filósofos en el barrio, y por su interés, parece que la filosofía es de su agrado.

Le sonreí y le dije que verdaderamente había llamado mi atención. Continué mi camino, ya más lenta y pensativa, y concluí que el graffiti era cutre y se había cargado la parte trasera de una casa... pero me resultaba agradable por un motivo: no imaginé que a esa conclusión hubiera llegado ni un treintañero ni un cuarentón, sino que, de pronto, un adolescente cargado de egocentrismo, había sufrido una transformación... Ahora veía al otro y le sentía tan único como hasta el momento se había sentido él. Y sobre todo... cargó con un spray y quiso que todos participáramos de su revelación.

A mi me pareció todo un canto al amor.

viernes, 26 de septiembre de 2008

Parálisis Otoñal

¿Qué tiene el otoño que nos paraliza tanto?

Ninguna estación del año se manifiesta de una manera tan agresiva como el otoño. Casi nadie habla de la llegada del verano (sí de las vacaciones, pero eso es otra cosa), ni de la primavera y ni decir tiene el invierno. Pero el otoño... de una u otra manera se hace mención a su llegada. Deprime... y se supone que la depresión otoñal es fruto, en parte, de la cantidad y horas de luz que dejamos de recibir tras el verano, pero en realidad, en una ciudad como Madrid, ya casi a finales de septiembre, el sol luce y las temperaturas obligan a ratos a despojarse de cualquier prenda más abrigada que una camiseta. Quizá sea el fin de las vacaciones, pero ¿cuántos las disfrutamos hasta el 31 de agosto?, algunos ya llevan semanas e incluso un mes trabajando y da igual, porque la depresión otoñal, o post-vacacional o como queramos llamarla está ahí: en Madrid, Málaga, Castellón, Santander o Cáceres... nos arrastra a todos vivamos dónde vivamos. ¿Quién dijo que en España no había tsunamis?

Los blogs están muertos, apenas se publican entradas. Y la gente comenta que se encuentra más cansada y desmoralizada que antes de disfrutar de un tiempo de vacaciones. Los niños de Infantil trabajan la llegada del otoño en las aulas. Y las inscripciones a cursos de todo tipo, incorporaciones a gimnasios y anuncios de absurdos coleccionables, vuelven a recordárnoslo. ¿Quién decidió que la época de cambio, el momento de los propósitos, y el tiempo de replantearse la vida fueran las navidades? Este es el mes del cambio, septiembre, el de los divorcios, los cambios de trabajo, las iniciativas para mejorar hábitos, el comienzo del colegio, etc.

Y quiero ser positiva... por eso cierro los ojos y recuerdo que:

  • Me gusta tener que abrigarme, que el frío me corte la cara y caminar por el Paseo del Prado girando la cabeza para esquivar el viento y teniendo cuidado para no resbalar con la alfombra de hojas.

  • Me gusta levantarme un domingo por la mañana y ver la lluvia o el cielo gris acurrucada en un sillón, con una taza humeante en las manos y unos gruesos calcetines de lana.
  • Me gusta volver a mis rutinas, el olor a ozono cuando caen las primeras gotas y envolverme en una bufanda.

  • Me gusta como crecen las agendas culturales de distintas ciudades y he de organizarme para poder seguir su ritmo frenético sin perderme nada.

  • Me gustan los bosques, las castañas, las setas y las Dríades.

  • Me gusta la paleta de colores que el otoño me muestra: ocres, naranjas, caldero, marrones, granates y amarillos.

  • Me gusta sentir que avanzo y que se abre ante mí un mundo de posibilidades.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Desaprender

Helen Cooper

Los niños se lamentan mientras tienen fiebre, miran con los ojos llorosos y las mejillas encendidas y no son capaces de jugar... aunque bastan unas gotas del medicamento adecuado para volver a reír y disfrutar como si nada pasara. Lloran mientras les duele el golpe, pero en cuanto el dolor desaparece, son capaces de volver a compartir juegos con aquel que les golpeó. Se unen alegremente, desplegando sus encantos, a aquel círculo en el que nadie les invitó a entrar, o como alguien me dijo hace unos días: “ellos saben cuándo terminar un juego, por más abrupto que sea ese fin, no importa, "no juego más" dicen, y todos entienden”

Me pregunto en qué momento perdemos la capacidad de sorprendernos, cuándo comenzamos a rebuscar en el baúl de nuestras experiencias pasadas, esquemas o guiones, ya escritos, leídos y trillados, o fracasos y frustraciones que en su día nos hicieron daño, con el fin de encontrar una justificación cuando nuestro inconsciente planea hacernos boicot. Y el caso es que los encontramos y respiramos aliviados... ¿Cuántas veces hemos evitado comenzar algo por temor a perder o fracasar? Nada debería poder considerarse una posesión. A lo prestado siempre se le da más valor... porque sabemos que antes o después dejará de pertenecernos.

Quiero volver a la infancia y enfrentarme a la vida con cara de sorpresa e ilusión. Meter un palo por un hormiguero o en la cueva de una araña y esperar sin sacar la mano o salir corriendo antes de ver qué ocurre. Correr tras una pelota sin pensar en el peligro, o llenar con mi presencia y naturalidad un lugar sin pararme a pensar en las valoraciones que los demás harán.

Si actuar en función de las experiencias pasadas es aprender... quiero ser una ignorante, desaprender y volver a ser una niña, no permitirme ver la certeza en lo que aún no ocurrió...

Quiero deshacerme de mi bola de cristal.

martes, 16 de septiembre de 2008

¿Y quién sería yo sin mis miedos...?

"From the Ashes". James Jean

¿Y a qué le tengo miedo?

Me da miedo la vida y me da miedo la muerte, porque no querer morir es no querer vivir. Y tanto lucho por vivir que al final, agoto la vida y la vida me agota.

Me da miedo el qué dirán. No ser perfecta, cometer errores y tener que pagar por ellos.

Me da miedo equivocarme, decidir demasiado rápido o que las decisiones se pudran con tanta espera. Dudar constantemente y terminar pensando siempre que no hice lo correcto.

Me da miedo estancarme, quedarme paralizada viendo pasar mi vida, nutrirme por fotosíntesis.

Me dan miedo el mañana y el ayer. Desconocer el futuro y volver una y otra vez al pasado. No avanzar por estar rodeada de puertas que me lo impiden y cuyo pomo no me atrevo a tocar.

Me da miedo mirarme y no conocerme. Saber que me miento y engaño y hasta me lo creo.

Me da miedo ser dependiente. Dejar de ser yo y convertirme en la sombra de otro.

Me da miedo crecer y no ser ya una niña, la niña de alguien. Ser quien consuela en vez de ser consolada y tener que enfrentarme a todo aquello que siempre vi tan lejano...

Me da miedo fracasar y caerme... porque no sé si me sabré levantar.

Me da miedo el tiempo y sus estragos en mi cuerpo. Me aterra la decrepitud.

Me da miedo saber que se cumplen mis deseos, porque soy ambiciosa y desear, deseo.

Me dan miedo la soledad y la pérdida... porque no sé vivir sin compartir y para compartir necesito al otro.

Me da miedo dormir... pero también despertar.

Así es que me temo, que aún le tengo miedo al miedo.