viernes, 22 de mayo de 2009

Con D de duelo, dolor y desesperanza...

Benjamin Lacomte

Estaba ahí, día tras día, y sin saber cómo me descubrí buscándole e inventando excusas para acercarme a él. Lo hice con sigilo, de soslayo, como ese aire que te da en la cara al abrir una ventana o esa mano que te roza levemente y te hace girar cuando caminas por la calle distraído. No le conocía pero tenía la certeza de que él se había percatado de mi existencia. Ahora me preguntaba si tendría el valor de acercarme, y en cierta medida, temía su reacción. Era como un folio en blanco para mí. Una incógnita. Un signo de interrogación. Mi discurso fue escueto: unas cuantas frases preguntándole por algo que sabía que él controlaba. Parpadeé un par de veces con maneras de rubia tonta y esperé. Su respuesta fue inmediata. No me extrañó que se mostrara tan solícito; al final, a todos nos gusta lucirnos cuando el que tenemos delante se muestra como un ignorante frente a un tema que conocemos. Lo que me fascinó fue su estilo, cercano y amable, y su contundente contestación ante mis disculpas por acercarme a él sin conocerle: “Agradezco tu intromisión, ya pensaba que nunca lo harías”. Me explicó detalladamente el procedimiento a seguir para lograr mi objetivo y me deseó suerte. No tardó en buscarme para conocer mis progresos. A pesar de mis limitaciones, lo había intentado y él lo sabía, así es que lo primero que hizo fue felicitarme. Le miré con la cabeza ladeada y los ojos entornados y quise saber en qué momento había surgido esa relación. ¿Nació el día el que el uno supo de la existencia del otro o no germinó hasta el momento en el que me comuniqué de manera directa con él? Llegué a la conclusión de que para cuando hablamos por primera vez el suelo ya no se movía bajo nuestros pies. Construíamos sobre algo tan etéreo como tangible, sin prisa pero sin pausa. Subimos una pendiente de 45º sin darnos cuenta cómo; un día estábamos a ras del suelo y cuando quise abrir los ojos y mirar más allá de él la altura era de vértigo. De pronto me di cuenta de que me faltaba el aire si no le sentía cerca, aunque lo cierto es que, estuviera a dos centímetros o a 500 kilómetros, nunca me faltó. Ni siquiera necesitaba buscarle; antes de que yo me moviera él ya había avanzado ese paso que necesitaba para apoyarme sobre algo sólido y no caer en el vacío. Recuerdo aquellos días en los que veía mi cuerpo moverse y actuar sin ninguna voluntad por mi parte; como el espectador que ve una obra de manera pasiva sentado sobre su silla. Recuerdo encontrarme rodeada de gente haciendo aquellas cosas que siempre hice mientras mis gritos luchaban por salir y mi Alma corría por entre las baldosas totalmente licuada. Salía a la calle, me apoyaba contra una pared y lloraba amargamente temiendo perder el sentido. Me encontraba con él en un estado tal que el siguiente paso habría sido verme tumbada en una cama de hospital sintiendo el diazepan y la falsa tranquilidad corriendo por mis venas y devolviéndome al mundo de los vivos. Pero no teníamos más que intercambiar unas cuantas palabras para recuperar la homeostasis física y emocional perdida durante el día, poco a poco, con esa calma que le caracterizaba. Si fuera consciente de su poder y de su positiva influencia sobre mí, sin duda podría morir tranquilo. La mayoría de las vidas que se salvan es gracias a la intervención directa sobre el cuerpo (evitó que se ahogara, le operaron, se abalanzó sobre él justo cuando pasaba el coche, etc.) pero también hay vidas que han de agradecer su supervivencia al apoyo emocional que otro nos proporcionan. Por ello le doy las gracias. Pero los sentimientos contaminan las relaciones, las vuelven vulnerables y las ponen en peligro. Nos volcamos tanto en el otro que no podemos evitar sentir miedo ante la posibilidad de no ¿ser o sentirnos? correspondidos. Y en ese momento la comunicación empieza a fallar. Los fantasmas nos ahogan y ni siquiera escuchamos; tenemos al otro delante, cogiéndonos la mano, mirándonos con una ternura y un amor que sería suficiente para dar sentido a toda una vida... Y sin embargo no le vemos. El muro de la incertidumbre y la desesperación nos aísla. Y ya nada de lo que hacemos o decimos tiene ningún valor... porque la realidad no existe, sólo existe la interpretación que cada uno hagamos de ella, y en ese tamiz se pierden maravillosas relaciones que están ahí pero nos negamos a ver. Como felinos enjaulados damos zarpazos sin saber muy bien cual es el objetivo, y terminamos dañando y haciendo sangrar a chorros a quien se ha convertido en una prolongación de nuestro cuerpo.

La pena, las dudas, el dolor, la desazón y la desesperación aparecen con más fuerza que nunca. Se hacen un hueco que lo llena todo. Porque si bien antes eran irrealidades, de pronto se tornan la única realidad. Y nos damos cuenta de que ese suelo que ahora pisamos es por el que tendremos que continuar nuestro camino. Bandeándonos, cayendo al no encontrar ese apoyo que se volvió imprescindible, levantándonos con la certidumbre de que volveremos a caer... Y estaremos solos. En la más profunda y absoluta soledad.

Me dio tantas cosas que no seré capaz de enumerarlas hasta que el tiempo haya pasado y los recuerdos vayan asentándose. La memoria es selectiva y sé que con el tiempo sentirle le ganará la baza a pensarle... y el poso que dejará su presencia siempre será una luz.

domingo, 3 de mayo de 2009

Mandato

Ray Caesar

Hazlo y hazlo ya. Camina sigilosa, si puedes de puntillas, y comprueba que ni te miras ni te estás siguiendo. Abre la puerta empujando previamente un poco hacia ti. Demasiado tiempo cerrada. Sólo así conseguirás desencajarla. Empuja con fuerza pero no olvides ser muy silenciosa. Déjala entornada, o mejor coloca uno de tus zapatos atravesado de manera que no pueda cerrarse; volverás corriendo y es necesario que te resulte fácil encontrar la salida. No te asustes por lo que veas, no haberlo visto antes no significa que no haya estado ahí y así desde hace tiempo. Cierra los ojos de vez en cuando si te resulta insoportable y continúa tu camino tanteando a tu alrededor: el miedo a la oscuridad, antes o después, será mayor que tu parálisis. Oirás dos latidos: no te asustes, suele ocurrir, tú sabes que es uno con unos segundos de retardo. Las paredes amortiguarán tus golpes cuando ya te encuentres cerca. Gatea si el vaivén te hace perder el equilibrio; vas descalza y tus pies te ayudarán a propulsarte. Asegúrate de vez en cuando que conservas tus herramientas. Toca tu mochila cuantas veces necesites; no puedes llegar al final sin ellas. Tu fuerza será mínima y no lo conseguirás sólo con tus manos, no querrás, te serviría de excusa. Cuando pases por tus recuerdos ya tienes que haberte aislado y bloqueado todos tus sentidos. En los simulacros lo hiciste bien y sé que sabrás hacerlo, pero recuerda: la señal es el líquido viscoso que te envolverá. No des un paso más sin protegerte o ese punto será el final. El bamboleo aumentará y sentirás debilidad: sigue sin mirar atrás. No esperes un cordón perfecto o una unión limpia. Será como un cáncer, con hilos enrevesados, cruzados, pegados entre sí y adheridos a cualquier lugar. Sangre, mucha sangre, y oscuridad, y desesperación. Te llevará tiempo, sí, pero ganarás cada minuto a partir de tu vuelta. Llora, moquea, jadea, grita si lo consideras necesario; una vez en esa cámara profunda nadie excepto tú podrá oírte. Bienvenida a tu averno. No te confundas de lugar. Pasarás por sitios similares pero sabrás que no es el “lugar” porque sonreirás o caminarás más despacio cuando pases junto a ellos. Sus puertas estarán selladas y no son ya peligrosas. Este lugar esta vivo, lleno de olores y sabores que te doblarán de dolor, que te harán dudar, que te licuarán. No desfallezcas. Trabaja como un labriego: corta, limpia, arranca, quítate el sudor y sigue sin descansar. Que no quede nada. Mátalo todo. Seca raíces y brotes (no olvides los brotes, por favor). La sala ha de quedar desierta, limpia, renovada, sin nada a lo que aferrarte. Nada. O revivirá. Tu vida por su vida.