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sábado, 10 de enero de 2009

Rara avis

Era domingo, así es que se tomó el tiempo, no sólo de leer esas secciones o columnas habituales en su rutina dominical, sino que se detuvo en las necrológicas y en el horóscopo cuando se sentó frente al periódico. Acuario: “...la pasión llamará a su puerta en este momento en el que va encontrando la estabilidad emocional. La suerte está de su lado...” Lo cerró con un ¡buah! poco propio de ella y sintió un escalofrío. Se paró en seco en mitad del salón, con la bata a media pierna y unos calcetines de deporte, que si bien no eran demasiado bonitos, calentaban, y por tanto cumplían su objetivo y volvían al cajón una y otra vez tras sus innumerables lavados.

- ¿Estoy moviendo la energía?- se preguntó mientras ladeaba ligeramente la cabeza hacia la derecha y entornaba los ojos. Los cerró. Inspiró profundamente y se centró en sentir si el escalofrío recorría toda su columna o se quedaba bloqueado en alguno de sus chakras. Según soltaba el aire iba comprobando aliviada que, efectivamente, el vello de su nuca se erizaba y poco a poco sus brazos y su espalda reaccionaban ante “el soplido invisible”, como ella lo llamaba. Exhaló de golpe bajando los hombros y continuó su camino hacia el dormitorio.

- Uy, al respirar he notado como se llenaban mis pulmones, pero no he visualizado ningún color en particular; azul= protección, pero el blanco y el rosa... ¿qué coño significaban, ¿qué color es ese, morado o rosa? ¡Ay, Dios mío!, cuanto más me esfuerzo por concentrarme más se me confunden los colores... ¿y si es sólo negro? Negro... el vacío... no puede ser... piensa, piensa, piensa...

A esas alturas ya se había olvidado hasta de respirar, así es que se despojó nerviosa de la bata, y vestida únicamente con sus calcetines de deporte y unas braguitas rosas, se marcó tres Saludos al Sol que la volvieron a conectar con su respiración y su cuerpo. Rebuscó en aquel “cajón de sastre” -o desastre directamente- en el que guardaba los papeles que no sabía bien cómo clasificar, y sacó un pequeño dossier que leyó apresuradamente y saltándose párrafos hasta que llegó a la tercera hoja: “Tu Luna en la Novena Casa. La casa donde se encuentra la luna es la esfera de nuestra experiencia donde buscamos sobre todo la seguridad emocional. (...) dónde nos refugiamos cuando necesitamos un descanso de la lucha diaria por la existencia. (...) Los sentimientos dan acceso a aquello que la mente no puede comprender racionalmente. (...) Tu manera de ocuparte de los demás puede expresarse compartiendo con ellos tus intuiciones filosóficas o espirituales, o inspirando en potenciales discípulos nuevas esperanzas o visiones (...) tu necesidad lunar de expansión mental se satisface de una forma natural viajando y conociendo otros mundos, culturas y personas diferentes"

- ¡Genial!- pensó mientras arrojaba su Carta Astral sobre la cama – ¡estamos en enero!, como me tenga que consolar pensando en mi próximo viaje...

Y sin siquiera mirarlo, cogió el paquete de camel light que tenía sobre la mesilla, se encendió un cigarro mientras volvía a su “posiciónfetaldedomingotarde” y se reconoció como una suerte de hipocondríaca del Alma... cada vez menos rara avis y más embaucada por las modas y tendencias... aunque, al menos, entre sus afirmaciones, siempre contaba con que era un número 11.

viernes, 7 de noviembre de 2008

Crisálida


Se percató de que era la segunda vez en pocos minutos que se acercaba al espejo y, tirando con el índice de sus acusadas ojeras, buscaba una tonalidad distinta, un indicio de algún mal o enfermedad, y se sintió un poco ridícula. Aún paladeaba el sabor a alcohol y excesos y trató de recordar qué había bebido- haberse preguntado cuánto, habría sido como lanzar un globo al aire; perdió la conciencia a las pocas horas de estar allí-, y también de labios de quién lo había hecho, aunque todos los intentos por volver a la noche anterior resultaron estériles. Se sentó en una silla y vomitó repentinamente sobre sus Louboutin.
-No, no y no... ¡mis Loboutin no!- dijo mientras se arrodillaba en el suelo y trataba de enmendar semejante desaguisado, aunque se dio cuenta de que esas punzadas de dolor que en otras ocasiones le habían doblado cuando sus cómplices en la conquista habían sufrido algún desperfecto, se habían suavizado hasta apenas convertirse en un leve cosquilleo.
Se duchó, se puso una camiseta de tirantes y unas braguitas y fue a recostarse al sillón. Se quedó dormida.
Cuando despertó, lo hizo con un sobresalto y comenzó a llorar. Se acercó al espejo de cuerpo entero de su habitación, sacó la lengua y se la examinó.
-¡Joder!, tercera vez que busco síntomas de enfermedad. ¡Tengo una resaca de caballo y punto!- se dijo alzando la voz.
Pero se quedó muda al ver la imagen que le devolvía el espejo, ese en el que tantas veces se había mirado, asomando la cabeza sobre su hombro cuando se encontraba de lado, para poder apreciar el cuerpo que los demás veían. No se reconoció.
-Es sábado- se dijo- llevo más de medio día durmiendo en el sillón, ¡me he puesto ropa interior blanca!, y encima arrastro una manta que me regaló mi madre por toda la casa... ¡qué coño me pasa!
Pero a pesar de sus recriminaciones volvió a envolverse en la manta y se tumbó frente al televisor. Se sorprendió riéndose y aplaudiendo ante programas que no había visto en su vida. ¿Cómo preferir quedarse en casa un sábado por la tarde-noche pudiendo retozar en una cama junto a Héctor o caminar como una gata sobre el cuerpo de Guillén? Aunque este sábado ni se lo planteó. Su teléfono vibró 4 o 5 veces a lo largo de la tarde, pero una de ellas le pilló vomitando de nuevo en el baño, dos ensimismada con lo que estaba viendo, una leyendo la composición de algunos de los frascos que almacenaba en su nevera, y la última enfrentándose a una suculenta ensalada acompañada de pescado a la plancha. Le supo a gloria porque comió con hambre, y debían de ser las 21:00 cuando se dio cuenta de que no había encendido un cigarrillo desde que se levantó. Hizo ademán de cogerlo, pero el agotamiento le impidió siquiera levantar la cajetilla de la mesa.
Los días siguientes no fueron mejores. Desayunaba algo más que un cigarrillo, buscaba llegar a casa pronto después del trabajo e incluso cambió los ejercicios matinales sobre la mesa del despacho vecino por unas clases de Body Balance que, según decía ella, “le hacían sentirse en equilibrio. Algo muy extraño pero bienvenido” Hasta optó en alguna ocasión por calzar bailarinas para ir a trabajar a ver si se apaciguaba su dolor de espalda.
Y es que esa piel aterciopelada que la había cubierto hasta el momento se le fue antojando reseca y sin vida... Una cutícula cada vez más traslúcida de la que despojarse ahora que había optado por volar.


Imagen: Gustav Klimt. Detalle. "Esperanza I"