Aeropuerto de SevillaLlegué con mucho tiempo al aeropuerto y tuve la suerte de poder embarcar en el vuelo anterior. Quise darle una sorpresa y no avisarle hasta que estuviera allí. Durante el trayecto pensaba en su actitud. Ya había hecho ese viaje con anterioridad para reunirse con el mismo cliente. ¿Por qué estaba esta vez tan ilusionado a pesar de que no consideró siquiera la posibilidad de que viajáramos juntos y así poder alargar un poco el fin de semana? Traté de apartar esos pensamientos de mi cabeza y salí por la puerta de embarque buscando mi teléfono para llamarle. En la habitación no había nadie, así es que le llamé al móvil: apagado o fuera de cobertura. Fui a buscar mi maleta y me dirigí a la salida. No sé por qué mire hacia allá, ni siquiera era una cafetería que estuviera en mi camino. Me volví y os vi. Estabais sentados el uno junto al otro. Él había movido su silla de manera que podía tenerte cerca al haberla situado en ángulo con la tuya. Estaba allí parada, en mitad del aeropuerto, temblando y con una maleta en la mano que de pronto me pesó demasiado. Os reíais, os besabais y tú cogiste su mano con disimulo y la llevaste hasta tu pierna desnuda. Recuerdo tu vestido blanco y tus sandalias de tacones interminables. Tenías la piel bronceada y te brillaban los ojos tanto como los labios. Te los mordisqueabas nerviosa a la vez que le mirabas y reías. Estabais ajenos a todo cuanto os rodeaba, como en una burbuja que habría querido reventar con un dardo envenenado atravesándoos de lleno a los dos. Me miré. Vestía ropa cómoda y zapatos planos y quise dar marcha atrás en el tiempo y vestirme para él... como habías hecho tú. Os levantasteis sin dejar de miraros, sin daros la mano pero permitiendo que vuestros dedos se rozaran, y os dirigisteis al control de acceso. No quise mirar más. Corrí llorando por el pasillo sin acordarme de la puerta por la que había salido. Él tenía que encontrarme allí, recién llegada, amorosa esposa, toda sonrisa y felicidad. Me lavé la cara en el baño y me senté a esperarle. Me recibió con un abrazo y no me permitió cargar la maleta -siempre tan caballeroso- Paseamos por la ciudad, hicimos turismo y cenamos en una terraza que bullía de gente. Me animó a tomar unos rebujitos -que no me gustaron nada, por cierto- y llegamos directos a la habitación sin necesitad de ese plano que nos dieron a la entrada. Le pregunté qué era y me dijo que nada: “información sobre el hotel” Se disculpó al llegar a la habitación diciéndome que el día había sido intenso y que el alcohol no le había sentado bien y se fue a dar una ducha. Y allí me quedé abrazada a la almohada, con el ruido de fondo de la ducha, martirizándome al pensar en ese jacuzzi y en la inmensa cama, en las horas de sexo por la noche y el excitante despertar por la mañana con la habitación bañada en luz... y quise liberarme de los atavismos religiosos que me impedían mantener sexo si no era en completa oscuridad, pero recordé tu estrecha cintura y tus perfectos pechos y me tapé con la sábana hasta la barbilla.
Volvimos del viaje y decidí escribir esta carta llena de pensamientos y sentimientos encontrados que quedará guardada para siempre en la última carpeta de mi ordenador, a salvo de miradas ajenas: de sus ojos o de los de Nicolás. Él aún no sabe leer, pero por si acaso protegeré la carpeta con contraseña.
Un saludo,


























